LA CANCIÓN DEL PIRATA

Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín:
bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa
y allá a su frente Stambul.

«Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza,
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

«Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

«¿Qué es mi barco? Mi tesoro.
¿Qué es mi Dios? La libertad.
¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!
¿Mi única patria? ¡La mar!

«Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra:
que yo tengo aquí por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

«Y no hay playa
sea cual quiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.

«¿Qué es mi barco? Mi tesoro.
¿Qué es mi Dios? La libertad.
¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!
¿Mi única patria? ¡La mar!

«A la voz de «¡barco viene!»
Es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar:
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.

«En las presas
yo divido
lo cogido
por igual:
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
«¿Qué es mi barco? Mi tesoro.
¿Qué es mi Dios? La libertad.
¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!
¿Mi única patria? ¡La mar!

«¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río:
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá en su propio navío.

«Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.
«¿Qué es mi barco? Mi tesoro.
¿Qué es mi Dios? La libertad.
¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!
¿Mi única patria? ¡La mar!

«Son mi música mejor
aquilones;
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

«Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado.
Arrullado
por el mar.

«¿Qué es mi barco? Mi tesoro.
¿Qué es mi Dios? La libertad.
¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!
¿Mi única patria? ¡La mar!

(Espronceda)

POEMA CONJETURAL de Jorge Luis Borges


POEMA CONJETURAL


El doctor Francisco Laprida,
asesinado el día 23 de septiembre de 1829
por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir:





Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.

Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me asecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.

Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes,
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.

Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí ... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.

Jorge Luis Borges

Peter Handke – Lied Vom Kindsein (Canción de la niñez)

(El poema completo con el que comienza la película Cielo sobre Berlín de Win Wenders)

Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar.
Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.
Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito,
frecuentemente se sentaba en cuclillas,
y echaba a correr de pronto,
tenía un remolino en el pelo
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.
Cuando el niño era niño
era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué yo soy yo y no soy tú?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allá?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol es tan solo un sueño?
Lo que veo oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo?
¿Existe de verdad el mal
y gente que en verdad es mala?
¿Cómo es posible que yo, el que yo soy,
no fuera antes de existir;
y que un día yo, el que yo soy,
ya no seré más éste que soy?
Cuando el niño era niño,
no podía tragar las espinacas, las judías,
el arroz con leche y la coliflor.
Ahora lo come todo y no por obligación.
Cuando el niño era niño,
despertó una vez en una cama extraña,
y ahora lo hace una y otra vez.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, con suerte, solo en ocasiones.
Imaginaba claramente un paraíso
y ahora apenas puede intuirlo.
Nada podía pensar de la nada,
y ahora se estremece ante a ella.
Cuando el niño era niño,
jugaba abstraído,
y ahora se concentra en cosas como antes
sólo cuando esas cosas son su trabajo.
Cuando el niño era niño,
como alimento le bastaba una manzana y pan
y hoy sigue siendo así.
Cuando el niño era niño,
las moras le caían en la mano como sólo caen las moras
y aún sigue siendo así.
Las nueces frescas le eran ásperas en la lengua
y aún sigue siendo así.
En cada montaña ansiaba
la montaña más alta
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aún mayor
y aún sigue siendo así.
En la copa de un árbol cortaba las cerezas emocionado
como aún lo sigue estando
Era tímido ante los extraños
y aún lo sigue siendo
Esperaba la primera nieve
y aún la sigue esperando.
Cuando el niño era niño,
tiraba una vara como lanza contra un árbol,
y ésta aún sigue ahí, vibrando.

No te rindas

No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.
Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.
Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se ponga y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma,
Aún hay vida en tus sueños

Porque cada día es un comienzo nuevo,
Porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás solo, porque yo te quiero.


 Mario Benedetti


Miguel de Unamuno, Elegía en la muerte de un perro

La quietud sujetó con recia mano
al pobre perro inquieto,
y para siempre
fiel se acostó en su madre
piadosa tierra.
Sus ojos mansos
no clavará en los míos
con la tristeza de faltarle el habla;
no lamerá mi mano
ni en mi regazo su cabeza fina
reposará.
Y ahora, ¿en qué sueñas?
¿dónde se fue tu espíritu sumiso?
¿no hay otro mundo
en que revivas tú, mi pobre bestia,
y encima de los cielos
te pasees brincando al lado mío?
¡El otro mundo!
¡Otro… otro y no éste!
Un mundo sin el perro,
sin las montañas blandas,
sin los serenos ríos
a que flanquean los serenos árboles,
sin pájaros ni flores,
sin perros, sin caballos,
sin bueyes que aran…
¡El otro mundo!
¡Mundo de los espíritus!
Pero allí ¿no tendremos
en torno de nuestra alma
las almas de las cosas de que vive,
el alma de los campos,
las almas de las rocas,
las almas de los árboles y ríos,
las de las bestias?
Allá, en el otro mundo,
tu alma, pobre perro,
¿no habrá de recostar en mi regazo
espiritual su espiritual cabeza?
La lengua de tu alma, pobre amigo,
¿no lamerá la mano de mi alma?
¡El otro mundo!
¡Otro… otro y no éste!
¡Oh, ya no volverás, mi pobre perro,
a sumergir los ojos
en los ojos que fueron tu mandato;
ve, la tierra te arranca
de quien fue tu ideal, tu dios, tu gloria!
Pero él, tu triste amo,
¿te tendrá en la otra vida?
¡El otro mundo!…
¡El otro mundo es el del puro espíritu!
¡Del espíritu puro!
¡Oh, terrible pureza,
inanidad, vacío!
¿No volveré a encontrarte, manso amigo?
¿Serás allí un recuerdo,
recuerdo puro?
Y este recuerdo
¿no correrá a mis ojos?
¿No saltará, blandiendo en alegría
enhiesto el rabo?
¿No lamerá la mano de mi espíritu?
¿No mirará a mis ojos?
Ese recuerdo,
¿no serás tú, tú mismo,
dueño de ti, viviendo vida eterna?
Tus sueños, ¿qué se hicieron?
¿Qué la piedad con que leal seguiste
de mi voz el mandato?
Yo fui tu religión, yo fui tu gloria;
a Dios en mí soñaste;
mis ojos fueron para ti ventana
del otro mundo.
¿Si supieras, mi perro,
qué triste está tu dios, porque te has muerto?
¡También tu dios se morirá algún día!
Moriste con tus ojos
en mis ojos clavados,
tal vez buscando en éstos el misterio
que te envolvía.
Y tus pupilas tristes
a espiar avezadas mis deseos,
preguntar parecían:
¿Adónde vamos, mi amo?
¿Adónde vamos?
El vivir con el hombre, pobre bestia,
te ha dado acaso un anhelar oscuro
que el lobo no conoce;
¡tal vez cuando acostabas la cabeza
en mi regazo
vagamente soñabas en ser hombre
después de muerto!
¡Ser hombre, pobre bestia!
Mira, mi pobre amigo,
mi fiel creyente;
al ver morir tus ojos que me miran,
al ver cristalizarse tu mirada,
antes fluida,
yo también te pregunto: ¿adónde vamos?
¡Ser hombre, pobre perro!
Mira, tu hermano,
ese otro pobre perro,
junto a la tumba de su dios, tendido,
aullando a los cielos,
¡llama a la muerte!
Tú has muerto en mansedumbre,
tú con dulzura,
entregándote a mí en la suprema
sumisión de la vida;
pero él, el que gime
junto a la tumba de su dios, de su amo,
ni morir sabe.
Tú al morir presentías vagamente
vivir en mi memoria,
no morirte del todo,
pero tu pobre hermano
se ve ya muerto en vida,
se ve perdido
y aúlla al cielo suplicando muerte.
Descansa en paz, mi pobre compañero,
descansa en paz; más triste
la suerte de tu dios que no la tuya.
Los dioses lloran,
los dioses lloran cuando muere el perro
que les lamió las manos,
que les miró a los ojos,
y al mirarles así les preguntaba:
¿adónde vamos?

El caballero burlado

De Francia partió la niña ,
de Francia la bien guarnida
íbase para París
do padre y madre tenía.
Errado lleva el camino
errada lleva la guía ,
arrimárase a un roble

por esperar compañía;
vio venir un caballero
que a París lleva la guía;
la niña desque lo vido,
d'esta suerte le decía:
-Si te place, caballero,
llévesme en tu compañía.
-pláceme -dijo-, señora;
pláceme -dijo-, mi vida.
Apeóse del caballo
por hacelle cortesía
puso la niña en las ancas
y él subiérase en la silla.
En el medio del camino
de amores la requería;
la niña, desque lo oyera,
díjole con osadía:
-Tate, tate, caballero,
no hagáis tal villanía,
hija soy de un malato
y de una malatía,
el hombre que a mí llegase,
malato se tornaría.
El caballero con temor
palabra no respondía.
A la entrada de París
la niña se sonreía.
-¿De qué vos reís, señora?
¿De qué vos reís, mi vida?.
-Ríome del caballero
y de su gran cobardía:
tener la niña en el campo
y catarle cortesía.
Caballero con vergüenza
estas palabras decía:
-Vuelta, vuelta, mi señora
que una cosa se me olvida.
La niña, como discreta,
dijo: -Yo no volvería
ni persona, aunque volviese,
en mi cuerpo tocaría:
hija soy del rey de Francia
y de la reina Constantina;
El hombre que a mí llegase
muy caro le costaría.

Encrucijadas de la poesía

Fernando Pessoa escribe en su Libro del desasosiego: "Considero al verso una cosa intermedia, un paso de la música a la prosa. (…) Estoy seguro de que, en un mundo civilizado perfecto, no habría otro arte que la prosa (…). La poesía quedaría para que los niños se acercasen a la prosa futura; que la poesía es, por cierto, algo infantil, mnemotécnico, auxiliar e inicial" (p. 37). Un juicio tan pesimista acerca de la poesía sorprende por lo inusual y porque procede de un poeta, de un poeta reconocido internacionalmente, todo un mito contemporáneo. Una opinión de este calibre no puede ser ni aceptada sin reservas ni rechazada sin contemplaciones. Conviene que la sometamos al contraste de otros pareceres.

La poesía moderna en su diversidad ha experimentado un notable retroceso respecto a los siglos del humanismo

 En un artículo publicado recientemente por Poesía digital, Ángel Luis Luján, también poeta, reflexiona sobre las diferencias, profundas diferencias, que existen entre la poesía del Siglo de Oro y la poesía moderna ("¿Qué actualidad tiene la poesía del Siglo de Oro?"). Luján explica que la poesía anterior a la era moderna contenía una diversidad de géneros y que tal diversidad era reconocida por autores y lectores. Nadie confundía una égloga con una elegía o con un poema burlesco, por ejemplo. La poesía formaba parte de la vida cotidiana y tenía un papel relevante en todo tipo de celebraciones y actos públicos. En cambio, la poesía moderna no distingue géneros, se caracteriza por una profunda "subjetivización" y se distancia de los discursos públicos y de la vida pública. También estas opiniones pueden y deben matizarse y repensarse. Pero no me cabe ninguna duda de que tanto en las opiniones del ahora mítico Pessoa como en las del humilde y sabio Luján hay una dosis muy alta de verdad. La poesía moderna en su diversidad ha experimentado un notable retroceso respecto a los siglos del humanismo. Se encuentra hoy asediada como discurso cultural y reducida a un espacio menor. Además, como sucede con otras artes, sobre todo las artes plásticas, la poesía está sumida en una enorme confusión, producto de la crisis de identidad que viene sufriendo. 

La poesía de los siglos XIX y XX ha tomado diferentes direcciones, que, en mi opinión, pueden reducirse en última instancia a unas pocas líneas: el simbolismo (la más valorada y transitada), la rendición de cuentas (la más subjetiva, incluye confesiones y memorias), la poesía humorística y popular, y el eclecticismo

Acerca de esa crisis podemos constatar lo siguiente. La poesía tuvo un papel central en las sociedades primitivas, fundadas en la tradición oral (al menos, en la última etapa de esas sociedades tradicionales, que da lugar a epopeyas y baladas). Pasó a ser la más importante de las artes cultas en las sociedades históricas que constituyen el mundo premoderno, esto es, hasta 1800 por poner una fecha concreta. Y, aunque el tópico dice que Platón expulsó a los poetas de la polis ideal, una lectura atenta de la República revela que Platón deja la puerta abierta a los poetas y a la discusión sobre la poesía. Simplemente, prefiere la filosofía para educar a la nueva polis, en vez de la poesía, que ha educado a la polis tradicional. En ese tiempo premoderno la poesía coexistió con una forma de pensar dogmática, lo que, lejos de ocasionarle problemas, permitió su mayor esplendor (así lo constata Luján). El poeta premoderno, desde Petrarca a Shakespeare, es consciente de la autoridad que tiene sobre el público que le oye o le lee. Ese público está obligado a asumir el discurso del poeta, porque el poeta se identifica plenamente con su héroe lírico. Pero la poesía sufre en la era moderna un proceso de decadencia y conflicto interior y exterior, al tener que convivir con un entorno ideológico de carácter escéptico. Ese mundo escéptico ha recibido otras denominaciones: laicismo, positivismo o era de la ciencia, Modernidad… La poesía de los siglos XIX y XX ha tomado diferentes direcciones, que, en mi opinión, pueden reducirse en última instancia a unas pocas líneas: el simbolismo (la más valorada y transitada), la rendición de cuentas (la más subjetiva, incluye confesiones y memorias), la poesía humorística y popular, y el eclecticismo. Pero en todas las líneas puede advertirse el mismo pulso débil, vacilante (las variantes puras e impuras, la prosificación y la reacción clasicista …). La autoridad del poeta se ha desvanecido. No puede tener ninguna seguridad en la identificación del público que le lee. Su seguridad se torna debilidad más allá de su individualidad. Por eso suele hablarse de la "subjetivización" de la poesía.

Esa debilidad es también apreciable desde el punto de vista de la crítica.
En primer lugar, es evidente que la poesía no alcanza el favor del público. Su posición en el mercado editorial es marginal. Sin embargo, sigue contando con su espacio                 reducido en la crítica periodística (suplementos literarios y revistas culturales). Y, probablemente, en proporción, la atención que merece la poesía en la prensa es superior al lugar que ocupa, también en proporción, este género en relación al conjunto de la edición literaria, al menos en Europa y Norteamérica. En segundo lugar, cabe considerar otro aspecto: la actitud de la crítica misma ante el fenómeno poético. Salvo contadas excepciones, la crítica adopta una posición apologética ante la poesía. Esa apología se resuelve en elogios más o menos tópicos y en paráfrasis elevadoras, aunque es verdad que admite cierta sofisticación para huir de lo rutinario. También en otros géneros literarios y en las demás artes la crítica suele ser apologética. Pero en la poesía lo es aún más, quizá a consecuencia del menor espacio del que disfruta en los medios, pero, también, por la posición de debilidad social que tiene frente a la novela o el ensayo.

La decadencia de la poesía y la apología de la crítica que recibe forman un círculo fatal. No puede romperse ese círculo sólo con voluntarismo. Sería necesario un entorno ideológico que superara el escepticismo

 La decadencia de la poesía y la apología de la crítica que recibe forman un círculo fatal. No puede romperse ese círculo sólo con voluntarismo. Sería necesario un entorno ideológico que superara el escepticismo, hegemónico en la Modernidad y en sociedades imperiales, como la romana (por cierto, en la época imperial de Roma la poesía conoce una enorme decadencia con la excepción de la sátira). Para eso es necesaria una etapa en la travesía del espíritu de la humanidad superior a la etapa del individualismo, en la que estamos instalados en nuestra época. Es necesaria una nueva fe, una fe en las posibilidades que se abren a la humanidad más allá del dogmatismo y del individualismo. Pero tampoco es seguro que una nueva fe alimente el renacimiento de la poesía. Quizá Pessoa tuviera razón.

Llevada por los vientos escépticos, la filosofía del siglo XX ha dudado de todo: del lenguaje, de la posibilidad de conocer, de sí misma. Quienes dudaron del lenguaje buscaron primero el lenguaje exacto de las leyes de la lógica. Pero ese lenguaje representa el polo opuesto de la poesía

 Contra la opinión de Pessoa juegan otros factores. Quizá el más interesante sea la crisis de la filosofía contemporánea. Llevada por los vientos escépticos, la filosofía del siglo XX ha dudado de todo: del lenguaje, de la posibilidad de conocer, de sí misma. Quienes dudaron del lenguaje buscaron primero el lenguaje exacto de las leyes de la lógica. Pero ese lenguaje representa el polo opuesto de la poesía. La poesía tradicional estaba fundada en un lenguaje de gran capacidad connotativa, como nos enseñó Cornelius Castoriadis a propósito de Safo ("Poiesis" en Figuras de lo pensable, Madrid: Cátedra, 1999). El lenguaje lógico ha prescindido de cualquier cualidad connotativa. Además de ser un lenguaje antipoético, pronto se vio que es también un idioma inútil para la filosofía. Y los filósofos volvieron su mirada al lenguaje de la vida cotidiana. El lenguaje coloquial (conversacional le han llamado) ha sido apreciado por numerosos poetas. Pero aún cabe una tercera orientación. No pocos filósofos han vuelto sus ojos a la poesía. Hugo von Hofmannsthal (por su "Carta de Lord Chandos") y Paul Valéry han sido dos focos de atención poético-filosófica. Una manera de encontrar un lenguaje que supere las limitaciones del discurso filosófico habitual podría encontrarse en cierta poesía. Se trata de un descubrimiento curioso. Dante, el mismo Petrarca (el de los Triunfos), Shakespeare (el de los Sonetos)… contienen una reflexión que se consideró en su tiempo sublime y, por tanto, digna de la poesía épica, aunque sus obras no fueran precisamente epopeyas. Pero es cierto que la poesía moderna ha ganado en capacidad para la reflexión lo que parece haber perdido en autoridad estética. De hecho, la poesía moderna ha desarrollado un nuevo simbolismo. Ese simbolismo se funda en la crítica del escenario humano contemporáneo y se proyecta hacia el futuro. Con ese simbolismo la poesía se convierte en un nuevo dominio para la reflexión. Pierde la capacidad de celebración que contenía la poesía premoderna. Pero gana capacidad de indagación en los márgenes del pensamiento poético. Otros estudiosos de la poesía contemporánea van más allá. En el prólogo de un libro reciente (El pensamiento de los poetas, Zaragoza: Eclipsados, 2010) Luisa-Paz Rodríguez Suárez destaca a este respecto el papel de Heidegger que "plantea la necesidad de buscar nuevos caminos para la filosofía respecto de la tradición metafísica anterior en la que se sostiene nuestra experiencia del pensamiento". Y esos nuevos caminos pasarían por el "pensar poetizante [dichtende Denken]". Pero a Heidegger le gustaban demasiado los juegos de palabras y no sé si con ellos no hacía más pensar retorizante que pensar poetizante. Este es un punto de vista hermético y expresa cierto voluntarismo. El papel de la poesía es ofrecer símbolos, como el de otras formas literarias. Por su historia puede ofrecer una simbología limitada pero importante, porque el simbolismo moderno mira hacia las zonas de sombra de la conciencia de la humanidad.

A Heidegger le gustaban demasiado los juegos de palabras y no sé si con ellos no hacía más pensar retorizante que pensar poetizante

 Que la poesía pueda contener reflexión no la convierte en un discurso privilegiado para la investigación del devenir de la naturaleza humana, al menos, no más que otras artes, literarias o no. Por supuesto que sirve para explorar ese devenir y, ciertamente, puede contener más verdad que los discursos de la lógica o que el lenguaje conversacional. Pero estamos demandando de la poesía algo más, una esperanza, quizá llevados por la nostalgia de lo que fue en otro tiempo. La posición actual de la poesía marca un retroceso respecto a su posición hegemónica de tiempos premodernos. Algo esencial está cambiando en el universo poético. Es difícil decir qué y hasta dónde, porque es un proceso vivo en pleno despliegue. Lo que no debe hacerse es cerrar los ojos ante ese cambio. Más allá de las controversias que suscita la poesía contemporánea, disponemos de observaciones parciales pero valiosas para acercarnos a ese fenómeno. Aquí hemos hecho alusión a dos. El repliegue subjetivizador que señala Luján parece acercarnos al diagnóstico de Pessoa. Pero nada está decidido y quizá la cuestión requiera ampliar el horizonte de nuestra mirada.

Luis Beltrán Almería

Fuente: Poesía Digital

ROMANCE DEL PRISIONERO

 

Por el mes era de mayo
cuando hace la calor ,
cuando canta la calandria,
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo triste, cuitado,
que vive en esta prisión ,
que ni sé cuándo es de día
ni cuando las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.

Matómela un ballestero;
dele Dios mal galardón
Cabellos de mi cabeza
llégame al corvejón;
los cabellos de mi barba
por manteles tengo yo:
las uñas de las mis manos
por cuchillo tajador.
Si lo hacía el buen Rey,
hácelo como señor;
si lo hace el carcelero,
hácelo como traidor.

Mas quien ahora me diese
un pájaro hablador,
siquiera fuese calandria,
o tordico o ruiselor;
criado fuese entre damas
y avezado a la razón ,
que me lleve una embajada
a mi esposa Leonor,
que me envíe una empanada,
no de truchas ni salmón,
sino de una linda sorda
y de un pico tajador;
la lima para los hierros
y el pico para el torreón .

Oídolo había el Rey,
mandole quitar la prisión

Rubén Darío

Nunca apreciaremos del todo lo que Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916) trajo a la poesía de lengua castellana y, por tanto, a la Poesía sin más apellidos. Y nunca lo apreciaremos del todo porque su obra sigue viva, desafiándonos gozosamente: al menos sus tres libros mayores (Azul, de 1888; Prosas profanas, de 1896, y Cantos de vida y esperanza, de 1905) nos siguen llevando hasta la cima y el abismo de un mundo que, aun pasados tantos años, sigue siendo el nuestro.

A Rubén Darío hay que releerlo porque su palabra nos devuelve la confianza en las más insospechadas posibilidades de la Poesía. Él quiso viajar con Ella a lo más sagrado y a lo más tenebroso del Universo, a donde al hombre moderno no le interesaba viajar, por pensar que las riendas del Universo las llevaba en su mano con los descubrimientos de la ciencia y los inventos de la técnica. Rubén Darío siempre supo que no: que el hombre por sí mismo no llevaba las riendas de nada, que sólo cuando el hombre se ponía en manos de la Música universal, y de la Palabra que esa música universal le revelaba, podía llegar al Infinito y romper las estrechas limitaciones que arrastraba de nacimiento.

La Poesía, Música hecha palabra, le hizo encontrar un lugar en el Mundo. Ya evocara sus mayores ensueños de placer erótico (nunca fue un placer sólo material, pues su carne se hallaba siempre habitada por la Divina Psiquis y valoraba el placer como fruto del Amor), ya se deleitara en los transportes sensuales e ideales de las distintas artes, Rubén siempre padeció la amenaza de la Muerte y de todos los emisarios que la muerte nos manda en vida. Por eso no hay nadie más lejos que él de la ingenuidad escapista que los malos lectores han querido ver en su poesía. Detrás de cada poema suyo siempre está el hombre: con sus penas, miedos, alegrías y, sobre todo, con el terco deseo de encontrar la felicidad plena, se halle donde se halle, porque nada hay más opuesto a Rubén Darío que el escepticismo y el cinismo.

Aquí van tres poemas  —no los más conocidos— que nos ofrecen algunas de esas caras de la existencia humana.

Alma mía

Alma mía, perdura en tu idea divina;
todo está bajo el signo de un destino supremo;
sigue en tu rumbo, sigue hasta el ocaso extremo
por el camino que hacia la Esfinge te encamina.

Corta la flor al paso, deja la dura espina;
en el río de oro lleva a compás el remo;
saluda el rudo arado del rudo Triptolemo,
y sigue como un dios que sus sueños destina...

Y sigue como un dios que la dicha estimula,
y mientras la retórica del pájaro te adula
y los astros del cielo te acompañan, y los

ramos de la Esperanza surgen primaverales,
atraviesa impertérrita por el bosque de males
sin temer las serpientes; y sigue, como un dios...
               
                                                                        (De Prosas profanas, 1896)

Pegaso

Cuando iba yo a montar ese caballo rudo
y tembloroso, dije: "La vida es pura y bella".
Entre sus cejas vivas vi brillar una estrella.
El cielo estaba azul, y yo estaba desnudo.

Sobre mi frente Apolo hizo brillar su escudo
y de Belerofonte logré seguir la huella.
Toda cima es ilustre si Pegaso la sella,
y yo, fuerte, he subido donde Pegaso pudo.

Yo soy el caballero de la humana energía,
yo soy el que presenta su cabeza triunfante
coronada con el laurel del Rey del día;

domador del corcel de cascos de diamante,
voy en un gran volar, con la aurora por guía,
adelante en el vasto azur, ¡siempre adelante!
           
                                                                  (De Cantos de vida y esperanza, 1905)

Nocturno

Quiero expresar mi angustia en versos que abolida
dirán mi juventud de rosas y de ensueños,
y la desfloración amarga de mi vida
por un vasto dolor y cuidados pequeños.

Y el viaje a un vago Oriente por entrevistos barcos,
y el grano de oraciones que floreció en blasfemias,
y los azoramientos del cisne entre los charcos,
y el falso azul nocturno de inquerida bohemia.

Lejano clavicordio que en silencio y olvido
no diste nunca al sueño la sublime sonata,
huérfano esquife, árbol insigne, obscuro nido
que suavizó la noche de dulzura de plata...

Esperanza olorosa a hierbas frescas, trino
del ruiseñor primaveral y matinal,
azucena tronchada por un fatal destino,
rebusca de la dicha, persecución del mal...

El ánfora funesta del divino veneno
que ha de hacer por la vida la tortura interior;
la conciencia espantable de nuestro humano cieno
y el horror de sentirse pasajero, el horror

de ir a tientas, en intermitentes espantos,
hacia lo inevitable desconocido, y la
pesadilla brutal de este dormir de llantos
¡de la cual no hay más que Ella que nos despertará!

                                                                    (De Cantos de vida y esperanza, 1905)

 

Fuente: Poesía Digital

Antonio Machado

Releer a Antonio Machado (Sevilla, 1875-Colliure, Francia, 1939), a quien tantos españoles leímos por primera vez en nuestra adolescencia, es volver a encontrarnos con una voz inmensamente cordial, cercana, que nos pone en contacto, de una forma otra vez insospechada, con los misterios permanentes del mundo y de nuestra vida.

El mundo, para Machado, es una música secreta que se nos revela a través de la memoria y del sueño, los dos procesos psicológicos que nos sitúan en la perspectiva más adecuada para contemplar la labor del Tiempo en nuestra vida. Tan imbricados están la memoria y el sueño, que la una se halla siempre modificada por el otro: recordar es ver el pasado transformado por nuestros sueños, que lo modifican de continuo ayudándonos a descubrir nuevas verdades en nuestra vida anterior; soñar es proyectar en el futuro lo que fuimos, añadiéndole la fuerza determinante de nuestro deseo actual. El presente, pues, es el instante del deseo y, por eso, el instante del poema.

Contra lo que muchas veces se le ha reprochado, casi siempre después de muerto el autor, en la obra de Machado hay una evolución muy coherente
ni una ruptura ni un retroceso, y en cada libro descubrimos la misma voz y las mismas obsesiones del autor (con nuevas resonancias, eso sí), que se reducen todas al deseo de llegar al otro y a los otros a través del dinamismo continuo del Tiempo, sin que éste consiga frustrar el proyecto fundamental de nuestra vida. Así ocurre desde Soledades. Galerías. Otros poemas (1907) hasta las composiciones de De un cancionero apócrifo (que aparecen en las ediciones de sus Poesías completas de 1928 y 1933), pasando por Campos de Castilla (1912) y Nuevas canciones (1924). El lector, entre otras muchas ediciones, puede encontrar todos estos libros en las Poesías completas editadas por Manuel Alvar (Madrid, Espasa Calpe, Col. Austral).

Aquí ofrecemos cuatro muestras de esta poesía incontestable.

POEMA LXXVIII

¿Y ha de morir contigo el mundo mago
donde guarda el recuerdo
los hálitos más puros de la vida,
la blanca sombra del amor primero,

la voz que fue a tu corazón, la mano
que tú querías retener en sueños,
y todos los amores
que llegaron al alma, al hondo cielo?
¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
la vieja vida en orden tuyo y nuevo?
¿Los yunques y crisoles de tu alma
trabajan para el polvo y para el viento?

                                                    (De Soledades. Galerías. Otros poemas, 1907)

POEMA LXX

Y nada importa ya que el vino de oro
rebose de tu copa cristalina,
o el agrio zumo enturbie el puro vaso...

Tú sabes las secretas galerías
del alma, los caminos de los sueños,
y la tarde tranquila
donde van a morir... Allí te aguardan

las hadas silenciosas de la vida,
y hacia un jardín de eterna primavera
te llevarán un día.

                                                       (De Soledades. Galerías. Otros poemas, 1907)

ROSA DE FUEGO

Tejidos sois de primavera, amantes,
de tierra y agua y viento y sol tejidos.
La sierra en vuestros pechos jadeantes,
en los ojos los campos florecidos,              

pasead vuestra mutua primavera,
y aun bebed sin temor la dulce leche
que os brinda hoy la lúbrica pantera,
antes que, torva, en el camino aceche.              

Caminad, cuando el eje del planeta
se vence hacia el solsticio de verano,
verde el almendro y mustia la violeta,              

cerca la sed y el hontanar cercano,
hacia la tarde del amor, completa,
con la rosa de fuego en vuestra mano.

                               (Poema atribuido a Abel Martín, en De un cancionero apócrifo, 1928)

POEMA CXXVI (A JOSÉ MARÍA PALACIO)

Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, Primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!…
¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?
Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras.
¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa,
allá, en el cielo de Aragón, tan bella!
¿Hay zarzas florecidas
entré las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?
Por esos campanarios
ya habrán ido llegando las cigüeñas.
Habrá trigales verdes,
y mulas pardas en las sementeras,
y labriegos que siembran los tardíos
con las lluvias de abril. Ya las abejas
libarán del tomillo y el romero.
¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?
Furtivos cazadores, los reclamos
de la perdiz bajo las capas luengas,
no faltarán. Palacio, buen amigo,
¿tienen ya ruiseñores las riberas?
Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino*,
al alto Espino donde está su tierra…

                                               Baeza, 29 de abril de 1913

                                            (De Campos de Castilla, 2ª ed., 1917, en Poesías completas)

*El Espino es el cementerio de Soria, donde está enterrada su esposa, Leonor, muerta en 1912 por tuberculosis.

Fuente: Poesía digital

A un olmo seco

 

Antonio Machado


 

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

  ¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

 No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

  Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas, 
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Es Mayo de 1912, y han pasado ya varios meses desde la vuelta de Antonio y Leonor a Soria, desde París, de donde han traido la enfermedad de la hemoptisis como acompañante. Han luchado con todas sus fuerzas para curar el terrible mal, alquilando una casita en el paseo del Mirón para buscar el aire puro de Soria, como antídoto fundamental. Pero nada mejora la situación de la enferma, ni siquiera el mayor de los afectos que le dedica en cada minuto Antonio Machado.

Un día pensando en esto el poeta se para a observar, seguramente en el paseo de San Saturio, un olmo centenario que está afectado por la enfermedad de la grafiosis y que acabará indudablemnete con su vida. Esto le sirve de inspiración al poeta para crear el bellísimo poema "A un olmo seco", en el que encuentra un paralelo con la lamentable situación de su mujer, Leonor Izquierdo.

 

Fuente: Antonio Machado en Soria

Email de contacto:

lerumeur@hotmail.es

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