Rayuela, 50 años tirando la piedrita

ALBERTO OJEDA
El popular libro de Julio Cortázar cumple medio siglo como estandarte de la transgresión contra la narrativa convencional | Mario Muchnik, Julián Ríos, Patricio Pron y Carles Álvarez Garriga someten a juicio el artefacto literario del escritor argentino | Un "jueguecito" para unos; una obra maestra, para otros.


En 1958, tras haber terminado su primera novela, Los premios, Cortázar empezó a dar síntomas de tedio hacia el género novelístico. Sus reglas se le quedaban estrechas para todo lo que él quería embutir dentro: "Muchos deseos, muchas nociones, muchas esperanzas y también, por qué no, muchos fracasos". Es lo que le explicaba al escritor y lingüista Jean Barnabé por carta ese mismo año. Pero tenía muchas dudas. No veía el punto de fuga ni el de ataque para lanzarse sobre las cuartillas. Al final se puso manos a la obra y con el swing espontáneo de un músico de jazz empezó a entintarlas, con un lenguaje "tan brutal y tan poco literario que a mí mismo me rechaza la relectura ". En ese estado alucinado entre la ambición y la incertidumbre alumbró Rayuela, que él mismo calificó como "una crónica de la locura".

A pesar de sus inseguridades (Cortázar no tenía claro que algún editor asumiera el riesgo de amparar aquel "artefacto"), la ¿novela? vio la luz en 1963, bajo el sello Sudamericana, gracias al respaldo de Francisco Porrúa, que creyó desde un principio en la excéntrica propuesta cortazariana. Hay alguna dificultad para fijar el día exacto en que apareció. Alfaguara, que ahora publica una cuidada reedición, con fragmentos de la correspondencia de Cortázar en los que alude a la popular obra y a los desvelos y recompensas que le procuró, señala que fue el 28 de junio. Por tanto, estamos en las vísperas de soplarle 50 velas a un libro clavado en la médula sentimental y literaria de varias generaciones de lectores, en el que la Maga y Horacio de Oliveira mezclaban amor y azar en las calles de París.

La deconstrucción que le aplicó Cortázar a la novela, con sus itinerarios alternativos de lectura, sigue dando de qué hablar. Muchos aplauden cómo le reventó las costuras a las convenciones del siglo XIX que el género arrastraba. Julián Ríos, endeudado eternamente con Cortázar ("Él me ayudó mucho en mis comienzos"), es uno de ellos: "Sí, la desencorsetó y la liberó de ataduras académicas. Frente a la pesadez más o menos decimonónica y canónica, Cortázar proponía la ligereza. O la levedad, como diría mucho después Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio". Y le atribuye además la cualidad de haber balizado el terreno que debía recorrer la modernidad a posteriori: "Su arte combinatorio y aleatorio prefiguró la hipertextualidad y la cultura numérica de la era digital. Los nuevos lectores, viajeros habituales del ciberespacio, controladores de su propia lectura no lineal, pueden descubrir sin dificultad la cosmopista que abre la obra de Cortázar".

Como contrapunto al elogio, se levantan también voces para oponer algunos reproches a la supuesta originalidad de Rayuela. Patricio Pron, autor de El comienzo de la primavera, no se anda con paños calientes: "Es un libro fallido porque su presunta novedad formal no es tal (los autores en torno al Oulipo venían anticipándola desde hacía años y ya se habían producido desarrollos similares en la literatura anglosajona) ni resulta apropiada al planteamiento de la historia y porque los conflictos de sus personajes son irrelevantes". El editor Mario Muchnik, amigo personal de Cortázar durante décadas, comparte el diagnóstico de su compatriota: "A mí la primera vez que la leí me pareció un jueguecito y me decepcionó. Ahora que ya tengo una edad le diría a Cortázar que no eran necesarios esos saltos y esas rupturas. Debajo de esos artificios tenía un gran novela".

Muchnik, que a sus años ya no está para imposturas ni poses, confiesa que la segunda vez que ha leído Rayuela ha sido hace pocos días nada más: "Y sigo pensando que es un jueguecito. Pero ya he dejado de verlo como un libro menor de Cortázar. Esta vez me ha deslumbrado. Es que es un narrador de los de raza". El histórico editor saca a relucir un pequeño ensayo de Walter Benjamin para hacer un ejercicio de entomología literaria con Cortázar. Es El narrador , publicado en 1936: "Ahí distingue entre novelistas, que no saben contar si no se ponen a escribir, y los narradores, que son los que cuentan de manera orgánica, como si respirasen". En este segundo grupo, a su juicio, estaría el autor bonaerense: "Cuando se pone a contar es el momento de decir: 'Chicos, silencio, que ahora va a hablar Cortázar'. Es un narrador hipnotizante, que hasta contando la acción más banal o cotidiana, como coger un autobús, te mantiene absorbido".


Cortázar tocando la trompeta. Foto: Cortesía Fundación Juan March

Cuando Muchnik habla de un "libro menor" es porque, antes de su reciente caída del caballo, situaba muy por encima los cuentos de su compañero de conversaciones interminables ("Con él siempre había tema"). Y no es una perspectiva minoritaria la suya. Como dice Pron, "existe un cierto consenso en torno al hecho de que Cortázar, que fue un extraordinario escritor de cuentos, no consiguió escribir novelas de igual calidad". El propio Cortázar, mientras le daba forma a su Rayuela sabía que se podía meter en un lío: "Muchos lectores que aprecian mis cuentos habrán de llevarse una amarga desilusión". Pero tenía argumentos comprensibles para justificar su determinación: "Si hoy [lo dice el 27 de junio del 59] siguiera escribiendo cuentos fantásticos me sentiría un perfecto estafador; modestia aparte, ya me resulta demasiado fácil, je tiens le système, como decía Rimbaud".

El mencionado consenso, sin embargo, "salta por los aires", según Pron, "cada vez que alguien trae a colación Rayuela". En gran medida, advierte, porque "en la discusión acerca del libro sus defensores esgrimen siempre (curiosamente, o no) argumentos puramente sentimentales: Rayuela sería un libro magnífico porque son magníficos los viejos amigos, los álbumes de cromos de la infancia y las novias de la adolescencia". Los criterios para juzgar la obra escaparían a lo estrictamente literario y caerían en "el peligroso ámbito de la nostalgia autocelebratoria".

Carles Álvarez Garriga, editor de los cinco tomos de la correspondencia de Cortázar publicados por Alfaguara el año pasado, no lo ve así. Y considera que sí, que en Rayuela hay "al menos algunas de la mejores páginas de toda su obra". Cita como ejemplo el comienzo del capítulo 73: "Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos".

Julián Ríos tercia para incorporar una visión sintética y conciliadora entre ambos registros (cuentos/novelas) cortazarianos: "En Rayuela hay episodios de antología, como el de la pianista Berthe Trépat pero creo que la obra de Cortázar gana al apreciarla en su conjunto, al conciliar los opuestos (el cuento cerrado y la novela abierta, por ejemplo), al comprobar en definitiva la continuidad de los parques temáticos". Porque, como advierte Cortázar desde la primera frase, "este libro es muchos libros", que conectó (conectaron) sobre todo con lectores jóvenes, por sus modales rebeldes, su idealismo romántico y su promiscuidad verbal. "Los protagonistas de Rayuela muestran que las palabras hacen el amor en la página y que la vida sexual de las palabras es una forma de metamorfosis en la que el verbo se hace carne", afirma Julián Ríos.

El autor de Historias de Cronopios y Famas se vio sorprendido por el impacto de la novela entre las nuevas generaciones. Algo que le otorgó un brillo de celebridad que siempre le costó ocultar por su gran altura. Cuenta Muchnik que una vez paseando con él por la Plaza del Rey de Barcelona, Cortázar decidió pararse a escuchar a un grupo de jóvenes que estaban tocando canciones argentinas. Un chico que tenía una bolsa de galletitas se le acercó discretamente y le ofreció una. "Esto es todo lo que te puedo dar. Es muy poco a cambio de lo que tú me has dado a mí", le dijo. El joven y Cortázar espontáneamente se abrazaron. Pero quizá la mayor recompensa por escribir Rayuela la recibió de una chica norteamericana. Abandonada por su novio, estaba decidida a suicidarse. Hasta que alguien, en un drugstore, le pasó la ¿novela? El desenlace lo recuerda Cortázar en una carta fechada en el 72: "Me escribió semanas más tarde, reconciliada con la vida, entendiendo admirablemente cada página del libro, decidida a recomenzar y a buscar". Locura que salva a locura.


Primera edición de Rayuela, editada por Sudamericana en 1963.

 

Fuente: El Cultural

Albert Camus, el intelecto sentimental

El Instituto Francés conmemora el centenario de su nacimiento con una lectura a dos voces a cargo de José María Flotats y Daniel Mesguich

ALBERTO OJEDA | Publicado el 19/03/2013


El 7 de noviembre se cumplen 100 años exactos del nacimiento en Argelia del autor de 'El extranjero', ejemplo de independencia de juicio y lucidez, algo que le granjeó innumerables detractores, incluido el propio Sartre | En Francia la conmemoración ha abierto viejas heridas a propósito de su papel en la guerra colonial en Argelia | En el Instituto Francés de Madrid los directores teatrales José María Flotats y Daniel Mesguich leen este martes pasajes de su obra


El esfuerzo obsesivo por ser justo de Albert Camus le ha convertido en una figura indiscutible de la cultura europea del siglo XX. Eso es ahora. Antes, mientras vivía hasta el accidente de coche que le provocó la muerte en 1960, se tuvo que enfrentar a muchísimas acusaciones. Acusaciones de los Hunos y de los Otros. Haber estado en mitad de ese fuego cruzado es una señal definitiva de su independencia de juicio. Sus posiciones cuando había un conflicto nunca estuvieron nítidamente inclinadas con uno de los bandos en litigio. Defendía, por ejemplo, la pertenencia de Argelia a Francia, sí, pero con más autogobierno y denunciando los abusos de poder de las autoridades francesas en la colonia norteafricana. Fue también un hombre escorado a la izquierda ideológicamente pero eso no le impidió alzar su voz (con el mérito de ser uno de los primeros) contra las crueles megalomanías estalinianas.

El próximo siete de noviembre se cumple el centenario de su nacimiento, en Mondovi (Argelia), en el seno de una familia pied noir dedicada al cultivo del anacardo. La conmemoración tiene como epicentro una exposición Aix en Provence. En España el Instituto Francés aporta su granito de arena. En Madrid José María Flotats (Barcelona, 1939) y Daniel Mesguich (Argel, 1952) leerán este martes por la tarde algunos pasajes de su obra. El segundo, director y profesor de teatro (desde 2007 al frente del Conservatorio Nacional de Teatro de París), también nacido en Argelia, leerá fragmentos de El extranjero. "No es necesario decir mucho de este texto. Es el más famoso de sus libros. La caída es una maravilla absoluta pero El extranjero es mejor todavía, porque es más concentrado e intenso", explica a El Cultural. Y recuerda que el propio Camus lo grabó para la radio leyéndolo él mismo: "Fue algo esplendido porque él le daba la entonación apropiada en cada momento".

Mesguich también leerá Regreso a Tipasa: "Aquí describe la naturaleza como ningún otro autor. Su dominio de la prosa está a la altura de Rousseau, Proust y Chateubriand. Pero a diferencia de ellos Camus nos ofrece literatura pura con una profunda reflexión y sentimiento". "Camus encarna a la perfección esa figura que podríamos denominar un intelectual sentimental", remacha el director francés.

Jose María Flotats se centrará en la faceta periodística, sobre todo en artículos que publicó en Combat, revista de la que asumió la dirección en 1943. "Tiene algunos fundamentales para conocer épocas cruciales de la historia del siglo XX", cuenta a este suplemento el director y actor catalán. En su intervención recordará el que publicó el 9 de mayo de 1945, día de la liberación de Francia por parte del ejército aliado. Y otro que redactó poco después, ya pasados los fastos, poniendo el dedo en una de las llagas que más escuece en Francia: la del colaboracionismo con los nazis, mucho más mayoritario entre la población que la resistencia. Los verdaderos héroes, viene a decir, fueron cuatro, los que desde el primer minuto intentaron organizarse y no claudicar a la humillación de ver su patria tomada por una potencia extranjera. "Camus puso con este artículo los relojes en hora", sentencia Flotats.

Si hay tiempo ("porque no se trata de aburrir"), Flotats también quiere dar a conocer otros trabajos en los que criticaba los excesos de las tropas galas en suelo argelino, o se defendía de aquellos que le reprocharon haber situado su obra Estado de sitio en España y no en un país del Este europeo sometido al dominio soviético, o su discurso al recoger el Premio Nobel en 1957, en el que definía los compromisos íntimos y sociales que debía asumir todo escritor. Flotats recuerda con especial afecto a Camus, un autor con el que empezó familiarizarse muy joven, con solo 15 años, cuando representó el papel de conserje ("sólo tenía dos réplicas") en El malentendido. Fue en la Capilla Francesa de Barcelona, en el periodo que estudiaba en un colegio de "maristas muy progres". Aunque no se le olvida el comentario del padre superior al término de la función: "Nosotros no podemos representar una obra en la que Dios niega su ayuda a uno de sus hijos".

Camus incomodaba a curas ortodoxos y a rojos recalcitrantes, como Jean Paul Sartre. Esa era una de sus grandezas. "Para mí, Camus es el único intelectual que ha mantenido siempre una actitud justa y equilibrada. Unos lo tachan de haber aceptado el imperio colonial. Otros lo ven como demasiado izquierdista. Al contrario que Sartre, que se equivocó siempre, Camus acertó siempre", remacha Mesguich. Y eso mismo es lo que parecen percibir los jóvenes franceses. Los reductos de resistencia frente a Camus han tenido que replegarse hace tiempo ante el empuje que el autor de La peste tiene entre las nuevas generaciones. Flotats da una explicación a este fenómeno: "Es que es un escritor que va mucho más allá de la literatura. Su obra y su vida son una lección ética, muy vigente en la situación actual". Pues sigamos aprendiéndola.

Fuente: El Cultural

 

LIBROS | 'Del guateque al altar'

Amar en tiempos de Franco

Viñeta de Forges extraída de 'Del guateque al altar'.

Viñeta de Forges extraída de 'Del guateque al altar'.

Cuando estaba mal visto que las chicas tomasen alcohol y la música no sonaba tan alto como para evidenciar el fracaso de una conversación, ligar era, incluso, más difícil. Pilar Garrido y Antonio Fraguas 'Forges', además de ser una de esas parejas que superaron el reto de 'arrejuntarse' sin 'Facebook-mediante', son los coautores de 'Del guateque al altar' (Planeta). "Nosotros no nos conocimos en un guateque sino en un lugar de veraneo", confiesa Garrido, "pero salieron muchas bodas de los guateques que organizaban los jesuitas".

Antonio Fraguas 'Forges' y Pilar Garrido.

Antonio Fraguas 'Forges' y Pilar Garrido.

Aunque en este encuentro será Forges quién lleve la voz cantante -la fama obliga-, en el libro los roles están invertidos y es su mujer quien lleva el peso de la puesta en escena mientras que él está relegado a lo coros. Suya es la visión de esa España divida que tuvo que reconstruirse a sí misma a partir de las cenizas que dejaron el ansia de poder y la intolerancia. Ella fue la niña que alternaba las clases de Dibujo y Labores con las de Formación del Espíritu Nacional y Religión. Ella es la que rememora aquella manifestación de 1951 en contra de la subida del precio del transporte público y aquellas primeras revueltas estudiantiles que cada vez se parecen más a estas.

Bailar pegados no es bailar

Garrido relata de forma directa, con humor, y, en ocasiones, inocente, lo que suponía crecer y enamorarse en el contexto de la Dictadura Franquista. "Ahora todo es mucho más directo 'Hola chata, ¿me das tu móvil?', 'Toma mi Whatssap'... Pero en aquel tiempo -el de la posguerra- como todo era pecado. Estábamos horrorizados de sólo pensar en cualquier acercamiento", explica ella.

Forges firma una historia que discurre de forma paralela a la anterior y que lleva por título 'La larga marcha del novio formal' porque, como él mismo explica, en aquellos tiempos "ser novio a secas no era posible. Eras novio y formal y ser formal consistía en no poder hacer nada de nada, porque todo era informal".

A los hechos se remite. "En la discoteca de la época, es decir, en la Plaza Mayor del Pueblo, no faltaban un Guardia Civil, el párroco y el jefe del Movimiento", explica Forges quien por la forma en la que proyecta la voz y su preferencia por las onomatopeyas para ilustrar algunas ideas, podría haber triunfado tanto como locutor como lo ha hecho como viñetista. "Si nos acercábamos demasiado venía un cura y nos separaba con un palo mientras murmuraba 'esos cuerpooooos'".

Viñeta extraída del libro.

Viñeta extraída del libro.

Las chicas también mantenían a distancia a sus parejas de baile utilizando lo que el dibujante llama la 'tecnología alejativa'. "Utilizaban varias técnicas pero las principales eran 'la codillera' -dobla el brazo delante de su pecho con el codo hacia fuera- y la 'plexosoleica' -extiende el brazo con la mano extendida como si se protegiera del Sol-".

A pesar de estos amplios conocimientos teóricos, Forges "no era muy de guateques". "Una vez fue a uno y estuvo toda la noche bailando con una mujer coja con pata de palo y no se dio cuenta", comenta Garrido divertida. "No tenía la pata de palo", réplica él entre risas. "Las piernas ortopédicas de la época eran tan precarias que podría haber sido de palo", responde ella sin dejar de sonreír.

La pareja -que también ha publicado 'La posguerra vista por una particular y su marido' (Planeta)- resulta tan entrañable como puede serlo cualquier matrimonio bien avenido que con la autoridad que da el paso de los años ha perdido la vergüenza a interrumpirse en público -"¿Me dejas hablar?"- y a hacerse reproches -"Antonio, eso lo has contado mil veces"-. Todo, sin que ninguno de los dos pierda la sonrisa cómplice.

El único momento en el que ponen cambian el gesto es para hablar de un tema muy serio y muy de moda, la religión. "La Iglesia no ha cambiado nada", lamenta Garrido. "A dios gracias, la sociedad sí y ahora es más sana y más natural. Sin embargo, todo sigue siendo pecado". "Hay una gran esperanza en que cambie algo con el nuevo Papa, yo no la tengo", agrega.

De jóvenes para jóvenes

Garrido admite que este libro está pensado para los jóvenes "aunque lo acabarán leyendo los mayores a quienes se lo regalarán sus hijos" para desmentir la falsa realidad recreada en series como 'Amar en tiempos revueltos'. "Está hecha con falsedades -'errores', corrige su marido con una sonrisa sin que su mujer parezca oírle- como el tabaco emboquillado, ¡entonces eso no existía! o los manteles en las casas paupérrimas y ¡Zumos de naranja en jarras!".

"Eso es", bromea Forges, "porque es una serie dirigida a personas de la tercera edad que necesitan actividad para no trasponerse. Los ponen a todos bebiendo Chivas Regal en jarra y los espectadores se alteran, claro".

Si bien aquellos eran tiempos en las que las perspectivas eran de progreso y no de regresión como las actuales, no se puede decir que aquel fuera un "un tiempo idílico", confirma Garrido.

Para ilustrar las vicisitudes que tenían que sortear los jóvenes de la época, Forges tira de archivo. Era agosto de 1958 y el Sol castigaba severamente a Madrid. Apurado, Forges avanzaba por pleno Paseo de la Castellana vestido con su uniforme de funcionario, esto es camisa, corbata y traje. Asfixiado como iba, decidió quitarse la chaqueta con tan mala suerte de se cruzó en el camino con un guardia que le puso una multa de 5 pts. Los funcionarios estaban obligados a guardar las formas fueran cuales fueran las circunstancias. "Teniendo en cuenta que el salario mínimo de aquel entonces era de 133 pts aquello era una barbaridad", explica. "Cuando doblé la siguiente esquina, evidentemente, volví a quitármela".

Exquisitez contra la barbarie



Iván Repila, El niño que robó el caballo de Atila; Libros del Silencio, Barcelona, 2013
Jesús Carrasco, Intemperie; Seix Barral, Barcelona, 2013.
Gracias a Miguel Ángel Hernández Navarro, quien comentó en Facebook que estos dos libros tienen puntos de contacto, los he leído seguidos, uno a continuación del otro. El resultado de esta lectura conjunta es muy enriquecedor y surgen de ella algunas conclusiones interesantes. La primera es que, a mi juicio, la narración contemporánea más sugerente es aquella que rompe la rígida estructura del melodrama y explora otras fórmulas de comunicación con el lector. Creo que por eso Intemperie, de Jesús Carrasco, sin dejar de ser una brillantísima novela, me ha interesado menos que El niño que robó el caballo de Atila, de Iván Repila, nouvelle que me ha parecido honda, inquietante y efectiva. Intemperie es un western clásico, puesto por escrito con enorme calidad literaria y un saber constructivo notable tratándose de un debut narrativo. El libro de Repila es literatura simbólica y salvaje, como la de Rafael Pinedo o Juan Rulfo, menos premeditada y virtuosa pero que se impregna en la memoria y en las tripas. Su lectura otorga ese aldabonazo en la escarcha de la mente que Kafka requería para la literatura. Como mero ejemplo: “La vida es maravillosa, pero vivir es insoportable” (El niño que robó el caballo de Atila, p. 95).
Los dos personajes centrales de las novelas tienen muchas cosas en común: son niños; no se explicitan sus nombres ni apenas circunstancias personales; vienen de familias infernales de las que quieren librarse; sufren hambre, miedo y privaciones durante toda la obra que les generan similares delirios y deliquios visionarios (como perseverar en su forma de huida hasta dar la vuelta completa al mundo: “Si no puedo salir por arriba, saldré por debajo. Aunque tenga que atravesar el mundo como un gusano”, El niño que robó…, p. 117; “como mucho, daría la vuelta al mundo para volver a toparse con el pueblo”, Intemperie, p. 23; esta idea ya estaba presente en Nadie conoce a nadie, de Juan Bonilla); y su imaginación feraz se opone a la barbarie inhóspita de su entorno. También tienen sueños o visiones donde ven el interior de su cerebro como un espacio vacío (El niño que robó…, p. 107; Intemperie, p. 46), metáfora con la que ambos autores describen las opresoras cárceles mentales en las que viven. Ambos chicos se arrojan a la intemperie de la existencia humana de la más cruel y desgarrada de las formas, y ambos aprenden a utilizar la violencia después de sufrirla: la venganza más atávica late en el final de las dos novelas.
También hay conexiones de tono y estilo: el tono brutal y despojado se alterna en ambas novelas con párrafos o frases más elaboradas, como demostrando que la economía de medios es un recurso estilístico intencional y no una carencia. Queda claro que la parquedad y el laconismo no son característicos de esta nueva narrativa tardomoderna, de la que hace poco vimos otro ejemplo, el de Rubén Martín Giráldez. Por el contrario, estos nuevos autores tienen un estilo fuerte, sólido, rico, cimentado en la tradición y bien temperado, que nada tiene que envidiar al de sus mayores. Intemperie tiene otro elemento valioso: la recuperación (que ya habían hecho en distintos momentos Azorín o Delibes) del léxico rural, llenando la novela de términos como ataharre, serón, albardas, creosota, etc., raras ya de encontrar en el uso cotidiano del idioma.
En resumen, dos novelas excelentes y necesarias, entre las que no hay que elegir. Es deber del lector atento leer las dos.
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Rima interna

por Martín López-Vega

Cien números de Clarín


No corren buenos tiempos para las revistas culturales. Muchas han cerrado y otras tantas están abocadas a hacerlo en breve. Podemos echar la culpa a muchas cosas pero la más evidente es que no tienen lectores. Tal vez la política de subvenciones, ahora difunta, hizo que no se preocuparan mucho por buscarlos, y de ahí que no siempre la calidad de las revistas que llegaban a los quioscos o las librerías fuera alta. Pero el caso es que las revistas vivían su particular burbuja, una abundancia basada más en la subvención que en la venta directa, en la compra institucional que en lectores reales. En resumen: no han sabido hacerse necesarias.

Habrá quien eche la culpa a la irrupción de internet. Si uno piensa en la poesía, antes las revistas cumplían su función como un foro en el que cada uno presentaba sus últimos poemas, en el que convivían autores consagrados (quiera eso decir lo que quiera decir) con quienes daban a la imprenta sus primeros versos. En internet, su lugar lo han ocupado los blogs, sustituyendo la charla por el monólogo. En la revista, los poemas de distintos autores dialogan; en el blog, cada uno nos suelta su monólogo sin nadie que le frene o le matice. Esto, creo, es un empobrecimiento, aunque los poetas, ya se sabe, siempre han sido más de monologar. Una revista de poesía como lo fue Hélice, por ejemplo, urge en la poesía española. Tampoco andamos sobrados de revistas literarias más “generales”, aunque sí que de vez en cuando cae alguna buena noticia que otra. Estos días, Clarín llega a su número cien. Recuerdo aún el día que José Luis García Martín llegó a la tertulia Óliver con el encargo fresco de poner en marcha una revista que tomara el relevo de los míticos Cuadernos del Norte. El encargo venía de parte de Graciano García, por aquel entonces factótum de la Fundación Príncipe de Asturias y de Ediciones Nobel. La libertad sería total y la única condición que, creo recordar, puso JLGM era bien sencilla: los colaboradores cobrarían, pero él no. La aparición de Clarín afectó al que entonces era órgano escrito de la tertulia, la revista Reloj de arena, que no tardaría en desaparecer. Pero el cambio sin duda mereció la pena.

Son ya cien números en los que nunca han faltado un puñado de poemas originales, de traducciones, de prosa viajera y erudita, de paliques. Probablemente, del lado de esta sección crítica caiga el único fracaso de la revista: recuerdo bien que el empeño inicial de su director era que nadie aprovechase para dar palmaditas en la espalda a sus amigos, que las críticas fueran sinceras, elaboradas y directas, que nadie tuviera miedo a cargarse a un autor conocido si creía que lo merecía y era capaz de razonarlo y que las loas vinieran siempre de quien no fuera sospechoso de estar pagando o mereciendo algún favor. Esto, desde luego, no se ha conseguido, pero en descargo de la revista y de su director (poco sospechoso de cualquiera de estos pecados, más bien del contrario: nunca he conocido a nadie que con tanto incomprensible empeño se vanagloriase de cada nuevo enemigo, de cada vieja amistad perdida) debe decirse que el medio crítico español es así de pusilánime, siestero y roncón: en este país, de momento, no hay otra cosa que hacer. Si algo no te gusta, mejor te callas, que nunca sabes quién va a dirigir mañana un ciclo de lecturas o un panfleto municipal. Culpa no sólo de esos críticos, sino también de los autores (cuando ambos no son una misma cosa) incapaces en su mayoría de entender una crítica como un asunto de discusión literaria y no de ataque personal.

Sólo eso en el debe. La lista de lo que nosotros le debemos a Clarín es mucho más amplia. Siempre es un cofre abierto a nuestra curiosidad. Lo mismo ha sido el primer lugar en el que hemos leído unos inéditos de Bécquer que el que se ha atrevido a poner en solfa la autenticidad de tal o cual clásico o autoría castellano o catalán. Hemos descubierto a poetas nuevos y leído anticipadamente los versos nuevos de los que ya nos gustaban. Biografías y viajes, acercamientos y alejamientos... Larga vida a Clarín, como a Turia, como a tantas (pocas, pero resistentes) revistas que nos hacen más llevadero el vacío que nos queda entre libro y libro.

Jean Rolin, La cerca; Sexto Piso, Barcelona, España, 2012.


Esta excelente obra, a caballo entre la crónica y la ficción, tiene dos partes; cada una de ellas se abre con un texto en cursiva donde el narrador o cronista establece el emplazamiento elevado –una habitación de hotel– desde el cual observa o cerca el territorio geográfico para transmutarlo en narrativo. Su posición, pues, es la del francotirador (“si dispusiera de un fusil con mira telescópica”, p. 11), la del observador lejano y experto, profesional, aunque luego veremos que Rolin desciende, y hasta qué punto, a ras de suelo y se mezcla con gentes de todo pelaje y condición. La obra posee dos niveles de significación y de trama: el primero describe las andanzas históricas del mariscal Michel Ney las semanas antes de la batalla de Waterloo; el otro está situada en nuestros días y en París, y resulta interesantísima: se trata de una análisis sociogeográfico de las zonas de apertura de la ciudad estableciendo una relación directa con las personas que la pueblan y el modo en que el espacio (pre)determina o condiciona su vida. En los alrededores del Bulevar Ney, que toma nombre del mariscal napoleónico, Rolin establece explícitamente (p. 29) lo que Foucault llamaba un dispositivo, “entendiendo con este término el conjunto de las instituciones, de los procesos de subjetivación y de las reglas en que se concretan las relaciones de poder”[1], según Agamben. Y en efecto, siguiendo el modelo foucaultiano, Rolin describe narrativamente cómo el poder central y el económico, materializados en las avenidas de circunvalación parisinas, se construyen como un brutal dispositivo urbanístico alrededor del cual los personajes que retrata intentan desarrollar residualmente sus existencias entre escombros, tratados como escoria o residuos sociales. El cemento y el hormigón por el que circulan los coches a toda velocidad es un obstáculo continuo para la habitabilidad y la convivencia, que endurece las relaciones en torno, así como una forma de tapar errores urbanos (p. 95). La vigilancia se desmaterializa en televigilancia (p. 81). Las ventanas se insonorizan (p. 75) y los hombres, según Rolin, se insensibilizan. Lee las rondas de circunvalación como elementos de desestructuración social y las zonas muertas del urbanismo como pólipo; no en el sentido canceroso, sino el zoológico: como formas de acumulación de vida en ambientes inhóspitos. Es conmovedor cómo incluso en esas circunstancias los parias económicos o sociales (inmigrantes, personas despedidas de 40 trabajos como Gérard, prostitutas, antiguos delincuentes, etc.) que habitan estas zonas devastadas persiguen afianzar su humanidad y encontrar resquicios de belleza en los recovecos dejados por las inmensas carreteras: “encima del caballo en movimiento, una chiquilla inevitablemente llena de gracia ejerce diversas figuras (…) todo ello sin que el caballo deje de dar vueltas, el látigo de restallar y la circulación de fluir por el periférico encima de nosotros” (p. 50). Rolin enlaza con maestría la ambientación de Waterloo con la escenografía urbana de pesadilla, como si el horror dinámico de las huestes napoleónicas arrasadas en la batalla hubiese sido sustituido por el horror estático y permanente de plazas inaccesibles para los peatones, ruidos atronadores o enclaves “con sus montones de residuos, sus charcos de aceite de coche y otros fluidos corrosivos, sus coches destrozados y calcinados o descuartizados y los restos desperdigados de vidas rotas” (p. 79). El estratega urbano que recorre la ciudad (nada de flanêur, más bien vigía) toma posiciones de observación como el ejército inglés tomaba las colinas hoy belgas defendidas por Napoleón; su objetivo, como el de aquellos generales, no es otro que atalayar los movimientos de los soldados/habitantes; “a la misma hora, viniendo de La Chapelle, estaba yo procediendo a un reconocimiento de las posiciones alcanzadas por el imperio de lo virtual al este de la avenida Président Wilson” (p. 81). Como en toda guerra, parece decírsenos, el resultado es el yermo final, el inhabitable campo de batalla repleto de heridos y cuerpos destrozados. Como en todo ejército actual, la infantería de la periferia se puebla de inmigrantes que persiguen la ciudadanía. Como en las milicias antiguas o en los naufragios de transatlánticos, mueren primero los de tercera clase. La impresión general es que Rolin describe, soberbia y fríamente, la clausura (uno de los significados de Clôture, título del libro) de la civilización europea tal y como la conocíamos hasta ahora. 

[1] G. Agamben, “Qué es un dispositivo”, Sociológica, año 26, número 73, mayo-agosto 2011, [pp. 249-264], p. 256.

Los diez mejores libros de 2012

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 Las novelas de Keith Lowe, Joan Didion, Peter Cameron, Miqui Otero o Donald Ray Pollock, entre lo más destacado del año que está a punto de terminar, según los críticos de ABC

Los diez mejores libros de 2012
ABC
«Contra toda esperanza»

1- «Contra toda esperanza», Nadiezhda Mandelstam (Acantilado).

Las memorias de Nadiezhda Mandelstam (1899-1980), esposa del poeta Ósip Mandelstam, constituyen un testimonio conmovedor sobre la magnitud del infierno estalinista. Publicado por primera vez en inglés en 1970 por el sello estadounidense Atheneum Publishers, Acantilado nos brinda la espléndida traducción del ruso de Lydia Kúper. Autor de un poema contra Stalin –«aletea la risa bajo sus bigotes de cucaracha»-, Ósip Mandelstam fue detenido en 1933: comenzaba un calvario de deportaciones que acabó con su vida en 1938, en tránsito hacia Kolyma, la última estación concentracionaria de Siberia. Nadiezhda relatará con una prosa tan sencilla como sobrecogedora la crónica de la ingeniería social totalitaria: «No hay nada más terrible que una muerte lenta» escribe sobre la muerte de su marido. Como apunta Joseph Brodsky en el prólogo, la autora de «Contra toda esperanza» se convertía la portavoz de toda una generación –Mandelstam, Ajmátova, Bábel, Bulgakov, Tsvietáieva- aniquilada por la barbarie bolchevique: «A sus espaldas quedaban décadas de viudedad, profundas privaciones, la Gran Guerra (que sobrepasaba cualquier pérdida personal) y el temor diario a ser arrestada por los agentes de la Seguridad del estado por ser la esposa de un enemigo del pueblo. Salvo la muerte, cualquier cosa que le aconteciera sólo podría ser un suspiro».

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«Malaparte. Vidas y leyendas»

2- «Malaparte. Vidas y leyendas», Maurizio Serra (Tusquets).

Hablar de Curzio Malaparte en los años de posguerra era tenérselas con un ambiguo superviviente de las tragedias del siglo. Fascista de primera hora, autor de un libro de culto como «Técnica del golpe de estado», Kart Erich Suckert adoptó el pseudónimo de Malaparte «porque Bonaparte ya hubo uno». El italiano Maurizio Serra compone una biografía que tamiza las luces y sombras del seductor y camaleónico autor de bestsellers como «La piel» y «Kaputt». Injustamente olvidado, había recorrido como corresponsal los campos de batalla de Grecia, Finlandia, Polonia, Rumania y Ucrania. Fallecido en 1957 a causa de un cáncer, cultivó hasta el último minuto el narcisismo de quien ha protagonizado vidas legendarias: «Para juzgar a un hombre, hay que examinar atentamente sus retratos», dejó escrito. El secreto de su arte -y de su vigencia como cronista-, concluye Serra, es su «modo» de contar: «Nos pinta un mundo sacudido en sus cimientos, en el que es imposible discernir lo verdadero de lo falso. Y ese mundo es fundamentalmente el mismo en que seguimos viviendo, sesenta años después, en la época de Bosnia, Ruanda y Oriente Próximo».

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«Continente salvaje»

3- «Continente salvaje», Keith Lowe (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores).

Teórica y oficialmente la II Guerra Mundial había acabado dejando tras de sí cerca de sesenta millones de muertos. Pero el maremoto de odio no había amainado. Lowe viaja a la terrible Europa arrasada y desolada entre los dantescos años que van de 1944 a 1949 y se encuentra una espiral de venganza que no cesa. No hay estados, apenas hay gobiernos, no hay comercio, no existe prácticamente el dinero, hombres armados pasean por las calles, cientos de miles de mujeres son violadas, escarmentadas en público, la limpieza étnica se extiende en los lugares más ignotos, continúan las luchas fratricidas, el este de Europa es aplastado por la bota estalinista, el caos y el terror se adueñan de un continente en ruinas, hasta el punto de que altos oficiales del Ejército norteamericano piensan que ha comenzado una guerra civil en todo el Viejo Continente. Keith Lowe suscribe uno de los libros más aterradores del año, uno de los momentos más espeluznantes de la Historia de la Humanidad. Parece insólito que después de aquello luego llegaran la unidad, el desarrollo y el progreso para los europeos. Un documento insólito contra la amnesia histórica. Imprescindible.

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«Guardianas nazis. El lado femenino del mal»

4- «Guardianas nazis. El lado femenino del mal», Mónica González Álvarez (EDAF).

Los jóvenes historiadores españoles empiezan a incorporar el sesgo de sus maestros y colegas anglosajones y trazan sus libros con la exhaustiva documentación e investigación necesarias, pero con ese toque de cercanía, de proximidad tan habitual entre los británicos. Ese es uno de estos y más recientes casos. Aquí hay nombres, aquí hay apellidos, y las historias están contadas a pie de calle, haciendo que el lector se estremezca con las emociones y las sensaciones más allá de los datos siempre inexorables. Mónica González traza el siniestro perfil de diecinueve mujeres que fueron eje de la represión y la tortura en los campos de exterminio nazis. Un libro que nos mete de lleno en la vida y espantos que estas mujeres, arcángeles y apóstoles del mal, infligieron a miles de seres humanos. El dedo de la historiadora nos señala el camino del infierno. El lector necesitará algo más del valor que siempre se le supone.

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«Noches azules»

5- «Noches azules», Joan Didion (Mondadori).

Como ya hiciera en «El año del pensamiento mágico» (Global Rhythm Press), Joan Didion vuelve a explorar la parte más amarga del sufrimiento en «Noches azules». Si en el primero abordó el proceso de duelo por la repentina muerte de su marido, en este libro la autora estadounidense disecciona con una prosa desgarradora, lúcida y serena la relación que mantenía con su hija Quintana, fallecida en 205 tras una larga y dolorosa enfermedad. Didion decidió titular la novela así porque en la época en que empezó a escribirla sorprendió a su mente «volviéndose cada vez más hacia la enfermedad, hacia la muerte de las promesas». Y es que «Noches azules» es la metáfora de esas semanas, al acercarse el solsticio de verano, «en que los crepúsculos se vuelven largos y azules» y «uno piensa que el día no se va a acabar nunca». Pero los días terminan y llega la muerte de la luz... la muerte. Y, como se pregunta la autora, «¿puede haber para un mortal un dolor mayor que ver a sus hijos muertos?». Didion reflexiona sobre sus recuerdos, la maternidad, la mortalidad y, en definitiva, «la negativa a afrontar las certidumbres del envejecimiento, la enfermedad y la muerte». Un emocionado «Blues funerario» que recupera, para suerte de los lectores españoles, la figura de Joan Didion.

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Algún día este dolor te será útil»

6- «Algún día este dolor te será útil», Peter Cameron (Libros del Asteroide).

Peter Cameron publicó «Algún día este dolor te será útil» en Estados Unidos en 2007, seis años después del 11-S, trasfondo de la novela. El atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York ha ha aparecido, de forma velada o evidente, en un constante goteo de obras culturales, en un intento por cicatrizar una herida que aún sigue supurando en el corazón del mundo occidental. Cameron no busca hacer terapia colectiva ni exorcizar demonios políticos en esta novela, que Libros del Asteroide recuperó con acierto para el mercado español este año. Su protagonista, James Sveck, es un adolescente tan precoz como brillante que vive en un constante estado de insatisfacción (y, de paso, asiste a poca distancia a la caída del World Trade Center). Como un Holden Caulfield moderno, pero menos dramático que el personaje creado por J. D. Salinger, James se desliza por la novela a través de la incisiva prosa de Cameron, brillante en su concepción y desarrollo. Sin tiempo para apiadarnos de los protagonistas, salvo cierto atisbo de complicidad hacia la abuela materna de James, «Algún día este dolor te será útil» es una acertada aproximación al gravitar de la actual sociedad, con familias disfuncionales, psiquiatras de visita diaria y confusa.sexualidad.

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«El diablo a todas horas»

7- «El diablo a todas horas», Donald Ray Pollock (Libros del Silencio).

Si Nelson Algren levantase la cabeza y empezase a aporrear el teclado de un ordenador, seguramente el resultado sería algo parecido a “El diablo a todas horas”. O, mejor dicho, sería exactamente “El diablo a todas horas”, primera novela del estadounidense Donald Ray Pollock y segundo libro que publica tras aquella escalofriante y sensacional colección de relatos que, bajo el título de “Knockemstiff”, retrataba con extrema crudeza las penurias y miserias de un pueblo perdido en medio de Ohio. Un paisaje abrupto y desolado que se repite en esta novela y en el que Pollock desparrama a sus personajes para abrirlos en canal y buscar entre vísceras y miserias un atisbo de humanidad. Durísimo relato sobre la redención y el perdón, sobre la soledad y venganza, “El diablo a todas horas” chapotea en esa ciénaga que es la América desamparada y dejada a su suerte a partir de los tropezones y encontronazos de unos personajes tan excéntricos como memorables. Así, en el “El diablo a todas horas" encontramos a predicadores embaucadores, ex soldados traumatizados, jóvenes atrapados en medio de la nada, asesinos en serie sobre ruedas, sherrifs putrefactos y, en fin, todo tipo de gente abollada, tratando de sobrevivir y exhibiendo ingentes cantidades de violencia en el intento. Una novela descomunal ideal para leer junto a “El cantante de Gospel” (1968), estreno literario de ese otro coloso llamado Harry Crews que Acuarela Libros y A. Machado Libros han tenido a bien recuperar. Realismo sucio y manoseado para relatar el pozo sin fondo del Fracaso Americano.

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«La cápsula del tiempo»

8- «La cápsula del tiempo», Miqui Otero (Blackie Books).

No es una novela al uso, quizá porque, como no cansan de repetirnos nuestros insignes representantes políticos, momentos excepcionales requieren actos excepcionales. Y “La cápsula del tiempo” es un libro excepcional que le da las riendas al lector justo ahora que la crisis parece anular cualquier capacidad de decisión. Inspirado en aquellas lecturas juveniles de Elige tu propia aventura, el periodista y escritor barcelonés Miqui Otero plantea una accidentada travesía por las calles de Barcelona en una velada cargada de simbolismo: la Noche de Reyes de 2013. Unas pocas horas de acción en las que el lector deberá ir escogiendo caminos, tropezándose con personajes excéntricos y adentrándose en historias memorables a partir de decisiones tan aparentemente intrascendentes como a quien darle una moneda en el metro o tomarse o no una última copa en un bar. A partir de ahí –y con la ayuda de un mapa que detalla el recorrido hacia los 37 finales posibles que ofrece el libro-, “La cápsula del tiempo” se erige como atrevida reivindicación de la anécdota y de las decisiones aparentemente intrascendentes, algo que brilla especialmente en ese capítulo de consulta que, bajo el título de “Ante de la duda”, condensa 13 sonadas meteduras de pata histórica en una suerte de reverso irónico del “Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig. Momentos como la resaca de elefante que le impidió a Julio César ver acercarse la muerte o el error de cálculo estilístico que acabó con los nazis en Rusia que se acaban fundiendo con esas otras historias que, desde la del viajero del tiempo a la de la novela retrofuturista olvidada pasando por la de la familia rumana que planea un golpe sonado contra la familia Billet, configuran tan disfrutable elogio de la duda y de la literatura como espacio recreativo.

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«¿Por qué nos gustan las guapas?»

9- «¿Por qué nos gustan las guapas?», Todo Rafael Azcona en La Codorniz (Pepitas de calabaza y Fulgencio Pimentel).

Porque nos gusta el inolvidable maestro Rafael Azcona, un genio que llegó a Madrid desde su Logroño natal con un cargamento de talento en esos ojos que se le enternecían con la sonrisa y sin una perra gorda en el bolsillo. Quería ser poeta a sus quince o dieciséis años, tal vez porque era muy tímido, y en vez de vivir las experiencias típicas de aquella edad pasaba el tiempo, incluso las noches, leyendo. Y dibujando sobre el velador de los cafés literarios utilizando como pincel una servilleta de papel enrollada, empapada en los restos de la taza, y compartiendo café con letras con su entrañable Antonio Mingote, cuando lo raro era vivir en aquel Madrid de chantillí y nati, como diría Manuel Alcántara. La editorial Pepitas de Calabaza y Fulgencio Pimentel reúnen en tres volúmenes todas las colaboraciones, gráficas y literarias, algunas completamente «desconocidas y perdidas», que Rafael Azcona publicó en la revista La Codorniz -a donde le llevó Antonio Mingote- entre 1952 y 1958. El primer libro -¿Por qué nos gustan las guapas?- recoge los textos azconianos; el segundo volumen -¿Son de alguna utilidad los cuñados?- continuará desde 1956 a 1958; y el último, Repelencias, dará cuenta de todos los dibujos, viñetas y collages que Azcona publicó en su querido pájaro de papel de 1953 a 1956. Se recupera así la obra «perdida» de quien sería el gran guionista de nuestro cine, extraordinario novelista y un creador que no guardaba nada, y todo lo entregó al nada fatuo fuego de la imprenta. Cuando pasaba por la Redacción de «La Codorniz», en la Plaza del Callao, el también inolvidable Enrique Herreros, que había dejado en la puerta del Palacio de la Prensa la moto que tripulaba en aquel Madrid circa 1950, solía cargar a Rafael Azcona como contrapeso en su sidecar; "en el adoquinado se abrían entonces, sin avisar –por generación espontánea– unos tremendos socavones en los que el contrapeso corría el riesgo de acabar de mala manera, pero la urbana aventura tenía sus compensaciones: Enrique amenizaba el peligro contando cosas que no contaba nadie", rememoría Azcona. Azcona lucha contra la ranciedad desde la ironía. La Codorniz resultó para Azcona una cantera de talento: la composición, el tema, el sonido, la acritud, el dramatis personae de, por ejemplo, obras aboslutamente maestras como «Los muertos no se tocan, nene»; «El pisito», «Los ilusos» o «Pobre, paralítico y muerto», gestadas entre 1956 y 1958, Autodidacta «por fuerza» de la escuela del guión y de la vida, no pasó por el Bachillerato, y su regla de oro se cifraba en 21 palabras: «Procurar no escribir lo primero que se te ocurre, porque es muy posible que ya se le haya ocurrido a otro». ¿Entienden por qué nos apasiona Azcona?

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«Me hallará la muerte»

10- «Me hallará la muerte», Juan Manuel de Prada (Destino).

Del amor a la sangre, de las vidas robadas a las perdidas, de un Madrid canalla y burgués a una cuidad de trapalandranes y antihéroes, Juan Manuel de Prada, cinco años después de su (pen)última novela, vuelve por la puerta grande de la Literatura con una narración en todo su esplendor: «Me hallará la muerte» (Destino). Prada nos introduce en una historia de carne y sangre, un fabuloso, sobrecogedor, descarnado retrato de la España de los años 40/50, que gravita sobre el amor, el egoísmo, la pasión, la traición o el dolor. Ahí se dan cita antihéroes que anidan en un Madrid burgués y canalla, trapalandranes, que se alistaban en la División Azul [el contingente español que intenta ayudar a la Alemania nazi a derribar el muro de la Rusia de Stalin] para matar el hambre o huir del desahucio de su alma. Retrato deslumbrante de situaciones y personajes, Prada profundiza en los recodos y rescoldos más escondidos del alma humana para alumbrar la complejidad en la turbamulta. "Me hallará la muerte" se sumerge en el Madrid de Pasapoga, que congregaba a terratenientes en noches de farra, actores de bigotillo perfilado y talle juncal, jerifaltes del Régimen con el bálano embravecido, y coristas estrepitosas de lentejuelas y muslamen. El Madrid de Antoñete y Rafael Gil, y Pablito Calvo y Amparo Rivelles o Aurora Bautista. Y de Ava Gardner, que una noche entró con gran alboroto general, «con ganas de empalmar la resaca del año que fenecía con la borrachera del año entrante...», talla el escritor. El Madrid castizo y solanesco del pintor Gutiérrez Solana, un Madrid homologado a las grandes capitales europeas. “Me hallará la muerte” son tres novelas en una. La primera parte sería una novela picaresca, la segunda -la División Azul y el cautiverio de los españoles en Rusia- sería una novela de supervivencia, de aventuras extremas; y la tercera -el Madrid de los años 50- una novela negra, de intriga criminal. En esa primera parte -novela picaresca- se cuenta la Historia de dos truhanes, simpáticos, que pueden provocar en el lector cierta identificación, que tratan de sobrevivir en un momento especialmente duro, en un Madrid recién salido de la Guerra Civil, aún con las heridas abiertas. De ahí se pasa al episodio del frente ruso y el regreso a España. Antonio, el protagonista, al intentar escapar de la justicia en España -tras asesinar- se dio de bruces con el infierno. Huye de la justicia, y se encuentra con una guerra atroz: la guerra en el frente ruso ha sido la guerra más cruenta que ha habido en la Historia de la Humanidad, no solamente por el número de víctimas, que es impresionante en ambos bandos -tanto en el Ejército invasor como en el soviético-, sino por el armamento que se empleó, verdaderamente brutal: la artillería pesada a manta. Y de ahí el eterno retorno a España. "Me hallará la muerte" es una gran novela sobre la identidad, que el autor emplea como metáfora sobre la dificultad que todo hombre tiene para mostrarse tal y como es. Y sobre la necesidad que todo hombre tiene para mostrarse tal y como es. Y sobre la necesidad que todo hombre tiene de ocultarse o de simular en sociedad. Hallen una lectura prodigiosa en "Me hallará la muerte".

Información elaborada por Sergi Doria, Manuel de la Fuente, Inés Martín Rodrigo, David Morán y Antonio Astorga.

Rima interna

por Martín López-Vega

Zbigniew Herbert, el poeta sin ombligo


Pocas alegrías tan grandes me he llevado como lector como la aparición, por fin, de la Poesía completa de Zbigniew Herbert (Lumen). Un tomo precioso (un poco menos, por lo menos atrevido, que la edición norteamericana que copia) y con algún pero menor (no haber incluido, por ejemplo, el prólogo de Adam Zagajewski de aquella) y miles de elogios y agradecimientos posibles, el mayor de ellos para el traductor, Xaberio Ballester, que ha dado con tono y matices (como ya hiciera en aquella antología que publicó Hiperión hace años) y nos regala un Herbert exacto e impecable. Se lo decía hoy en broma a un amigo: yo ya no hablo de poesía con nadie que no se haya leído este libro. Ya no hay excusa...

Herbert es uno de los cuatro nombres esenciales de la más grande generación poética del siglo XX; los otros son Wislawa Szymborska, Czeslaw Milosz y Tadeusz Rózewicz. Hay algo común a los cuatro, el peso de la historia sobre sus hombros; y algo distinto, su forma de afrontarlo.

Entre los textos de Zbigniew Herbert que sólo las ediciones más recientes de su prosa completa han recogido hay uno de especial importancia: «La presencia de la historia». En muchos de sus poemas Herbert usa la coartada cavafiana de situar la acción en tiempos más o menos vagamente clásicos, incluso con referencias concretas, como también hace Joseph Brodsky. Es la primera de las antinomias en las que Stanislaw Baranczak, autor de un libro esencial sobre su poesía, Un fugitivo de la utopía, ve las claves de la poesía de Herbert: la oposición temporal entre el presente (ramplón) y un pasado más esplendoroso. Quizás la esencial sea la que se fija en Herbert como en un autoproclamado «bárbaro» que en sus poemas recurre a la herencia cultural de Occidente: en palabras de Baranczak, «lo que hace que la voz poética de Herbert sea única y valiosa es una contradición fundamental entre su apego a los valores de la herencia cultural europea y su conciencia del irreversible estado de desheredad de la europa del Este». Otras antinomias de las subrayadas por Baranczak son: mito frente a experiencia, blanco frente a gris, luz frente a sombra, aire frente a tierra, abstracto frente a tangible, ornamental frente a verdadero. Ciertamente, todo acercamiento teórico resume y simplifica y en realidad la poesía de Herbert se mueve en la infinita gama que hay entre esos extremos, pero esas son unas coordenadas bastante exactas.

En «La presencia de la historia» afirma Herbert: «Todos somos, en definitiva, todos sin excepción, parte de la historia o, para usar una imagen macabra, prisioneros de la historia. Para ser más precisos, no todos: algunos parecen gozar aún de una libertad ilusoria, otros se encuentran bajo investigación, algunos están aún en el banquillo. Por lo que a mí respecta, ya he recibido un veredicto negativo. Tras el veredicto tienes mucho tiempo, las tareas diarias y las preocupaciones dejan de tener mucho sentido, de modo que tienes mucho tiempo para dedicarte a estudios serios - sobre el funcionamiento de la prisión, por ejemplo- o puedes simplemente filosofar.

No sólo el libro de Boecio, muchos otros libros valiosos han sido escritos en circunstancias similares». Herbert, que también habla de «la desaparición de la conciencia histórica en la sociedad industrial» tiene sin embargo otra prevención, además de la que le provocan las manías del realismo socialista: «Parece que estemos todos fascinados por nuestra propia excepcionalidad, por la sensación de que hemos vivido tiempos únicos, sin analogía posible con todo lo que ocurrió antes». Herbert se lamenta de no poder obtener modelos de los hechos del pasado, de la forma de comportarse de los antepasados. «Una de las razones reales por las que miramos el pasado con distancia es que buena parte de los europeos no tenemos razones especiales para sentirnos orgullosos de lo ocurrido en nuestro continente durante las últimas décadas». Debajo de su ironía, de su visión desacralizadora, está dejando una mirada que esconde una profunda fe en la vida y en la poesía, disfrazada con esa ironía porque si no los tiempos no la admitirían. ¿Qué busca entonces Herbert? De nuevo en sus palabras: «Creo que incluso en la prisión de la historia en la que estoy recluido es posible comportarse de manera digna o indigna. Y creo que a pesar de todas las reservas, dudas y problemas que he afrontado y de los que la historia nos provee, no podemos hacernos a un lado o decir que ya pensaremos en ello en un momento mejor, más propicio». ¿Qué pide? «Un hombre nuevo para tiempos nuevos. Un nuevo Adán que se siente bajo el árbol del conocimiento desnudo, inocente... y sin ombligo».

Si no lo han hecho ya, léanlo. Sólo hubo diez o doce poetas de su altura el siglo pasado. Y sólo uno era él.

Fuente: El Cultural

Loros, logos y coros. Objetividad narrativa en La Saga / Fuga de J.B.



Loros, logos y coros. Objetividad narrativa en La Saga / Fuga de javascript:;J.B.
Previa: objetividad y narración
Decía José-Carlos Mainer en su ensayo La escritura desatada que “no hay palabras que den la objetividad absoluta a una representación” (2000:168). Siendo esto exacto con carácter general, también es cierto que hay maneras narrativas que se aproximan mucho a una presentación distanciada de los hechos en una narración o, si se quiere, a una presentación con la menor dosis de subjetividad posible. En estos casos no es que la objetividad sea absoluta, pero desde luego la subjetividad es mínima. Son varias las posibilidades de aumentar esa objetividad en la narrativa; una de las más conocidas es la focalización externa, “una técnica muy vinculada al modo cinematográfico, asumiendo la literatura del cine esa capacidad de representación pura, objetivista, donde se niega la introspección y la evaluación subjetiva, en una forma próxima también al relato periodístico de noticias” (Vallés 2008:215). Otras, más habituales, serían la heterodiegesis genettiana, las narrativas de ojo de cámara y las técnicas dialogadas descritas por Stanzel (Fludernik 2009:96) la utilización de la tercera persona en la elocución (Provencio 1993:122), así como el narrador ausente o impersonal (R. de la Flor y Pujals 1995:11; Vallés 2008:225) y en general cualquier modo narrativo que espante al narrador omnisciente (limitado o no) y/o autodiegético de la narración.
Hay otras tres formas de objetivación menos utilizadas pero que, curiosamente, sustentan buena parte de los propósitos narrativos de Gonzalo Torrente Ballester en La saga / fuga de J. B. (1972), novela considerada como una de las cimas técnicas de la narrativa española de finales del siglo XX, por su complejidad y variedad de recursos estilísticos. Estas tres formas de objetivación serían la cosificación, la incomunicabilidad y la animalización. Luego volveremos sobre ellas, examinando sus distintas apariciones en el texto, pero deberíamos enfatizar antes hasta qué punto la novelística de Torrente Ballester tiene, de forma característica, el virtuosismo técnico y la variedad de recursos expresivos como grandes señas de identidad. Ángel Loureiro ha explicado que si bien la terminología narratológica propuesta por Gerard Genette tiene gran interés para examinar esta novela del autor gallego, sus límites teóricos quedan desbordados, entre otras razones porque las voces narrativas “no presentan menos heterogeneidad” que las narraciones intercaladas; de hecho, amén de los personajes heterodiegéticos y homodiegéticos (Bastida como principal, como autodiegético en buena parte de la obra), además hay que contar “desde anónimos autores de códigos medievales hasta un loro” (Loureiro 1990:75); amén de voces seudónimas, metamórficas y de “narradores complementarios” (Gil González 2003:64). El tejido de voces, perspectivas y polifonía de la novela tiene pocos parangones no sólo en la literatura de la época, sino también en la posterior y anterior. El lector asiste maravillado a una amplia e imaginativa panoplia de recursos narrativos que hacen que la larga novela parezca mucho más breve de lo que realmente es, convirtiéndose en un prodigio de maestría narrativa. Como se ha dicho, para resumir la importancia de esta novela dentro de la obra de su autor y de la novelística española de finales del XX, La saga/fuga de J.B. en cualquier caso, supone la decantación de ese Torrente mayor, en la plenitud de sus facultades creativas, en la que se concitarán las características más propias de esa época central y de madurez de su narrativa: el humor, el torrente verbal, el dominio técnico y expresivo y la complejidad estructural, la subversión del realismo por lo maravilloso, la parodia, la sátira, el experimentalismo, la problematización de la identidad, el mito, el erotismo, el tratamiento de la historia, la religión, el arte o la propia literatura” (Gil González y Becerra 2010). Pasamos por tanto a examinar los tres procedimientos de objetivación más destacables en la novela de Torrente Ballester.

N o V E L A Y P o S T L I T E R A T U R A / Darío Villanueva

Frente a la proclamación de la muerte de Dios que Nietzsche hizo en 1883, parece una bagatela la muerte de la novela, que se viene anunciando desde el anteanterior final de siglo. O la muerte de la tragedia, que dio titulo a uno de los ensayos de George Steiner. O la muerte del autor, sentenciada en 1968 por Roland barthes. Como corolario de tantos decesos y extinciones, Alvin Kernan publicaba en 1990 un libro escandaloso: The Death of Literature.

Tambien mcLuhan auguraba en los sesenta la muerte del artilugio gutenberiano, el soporte material básico de toda la literatura. Sin embargo, hoy se puede decir que el libro impreso goza de muy buena salud. Nunca en toda la Historia se han escrito, editado, distribuido, vendido, plagiado, explicado, robado, criticado y leído tantos. Y una parte considerable de ellos son novelas. Hay mas novelas que nunca, y ello en un doble sentido. El puramente cuantitativo y material, tal y como acabo de apuntar, pero también en otra clave cualitativa, artística e intelectual. Aunque no se escribiera aporía descabellada donde las haya ni una sola novela (y poema, drama, comedia o ensayo) mas a partir de hoy, la Humanidad contaría, gracias al acervo inconmensurable de piezas literarias producidas hasta el presente, con sobrada Literatura. Semejante hipótesis absurda nos llevaría de su mano al gran tema polémico del llamado canon, al que luego me referiré.

Pero como bien suelen advertirnos los teóricos de las planificaciones estratégicas, un rasgo considerado como fortaleza en el diagnostico de una determinada situación puede representar a la vez, por paradójico que ello parezca, una amenaza. Y en este sentido lo es el abigarramiento de lo que el mexicano Gabriel Zaid llama los demasiados libros, causantes de que, al publicarse uno cada medio minuto, las personas cultas lejos de ser cada vez mas cultas lo seamos menos por haber mayor diferencia entre lo que leemos y lo que podríamos leer. Según el, el problema del libro no esta en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir, y proponía que el Estado de bienestar instituyese un servicio de geishas literarias encargadas de leer, elogiar y consolar a esa legión de novelistas frustrados por falta de público.

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Unos soldados recuperan valiosos cuadros durante una de sus misiones - Foto: La Razón
Unos soldados recuperan valiosos cuadros durante una de sus misiones - Foto: La Razón

El libro de la semana

El arte que sobrevivió a la guerra

Su meta estaba clara: salvar a Rembrandt, Vermeer o Leonardo y, para hacerlo recurrieron a toda clase de estratagemas. Aquellos hombres y mujeres (The Monuments Men, se llamaban) protegieron las obras de arte de Occidente para que no cayeran en manos de los nazis ni ardieran bajo el fuego de las bombas.

«The monuments Men»
Robert Edsel
Destino
543 páginas, 20,90 euros.

 

Ángeles LÓPEZ

Algunos se preguntan por la supervivencia de las grandes obras de arte de nuestra cultura tras  la Segunda Guerra Mundial, la más destructiva que ha habido. Por eso es legítimo conocer que de 1943 a 1951, aproximadamente 350 personas de trece naciones aliadas desempeñaron la anónima función de convertirse en «hombres y mujeres de los monumentos». Fueron los custodios de las Bellas Artes y Archivos de la sección (MFAA) de las fuerzas armadas aliadas. Quienes velaron por el  patrimonio de Occidente anteponiendo sus vidas. Se convirtieron en ojos, oídos y brazos del proyecto cultural de «preservación» más ambicioso de la Historia después de todos los expolios y por encima de cualquier conspiranoia bélica.

Hombres de negro
Han pasado –anónimamente, hasta hoy– a los anales de la historia simplemente como «hombres de los monumento»; meros «hombres de negro» de nuestra cultura y patrimonio, pero justo es recordar también que, durante el fragor de los combates en el viejo continente –desde el De-sembarco de Normandía hasta que Alemania levantó los brazos en señal de rendición–, de aquel centenar que seres que se multiplicaban por tres sólo quedan unos pocos «resistentes del amor al arte». Ellos, durante el duro paso del Rubicón, decisivo para emprender el gran riesgo, en el fragor del hambre, la geopolítica y las bombas, cubrieron miles de kilómetros cuadrados para preservar cientos de edificios dañados y localizar antes que los nazis millones de artículos culturales para legarlos a generaciones venideras. Esta es la historia «anónima» de los luchadores de nuestra herencia artística y de nuestra cultura, y –posiblemente– quienes reescribieron nuestra sangrienta historia.

 Aquellos que antepusieron su vida por la ética, la estética y el legado. O, cuando menos, una decena de «vigías» victoriosos alertas y valientes. Los mismos que construyeron sus propios mapas del tesoro a tenor de su saber, quienes revisaron los diarios de los conservadores del Lou-vre, aquellos que esquivaron saqueos o registros de catedrales, evitaron bombardeos y espiaron conversaciones para eludir nuevos expolios artísticos. Ellos. Los que comenzaron moviéndose en diferentes direcciones, pero terminaron la partida en el mismo lugar y al mismo tiempo: en los Alpes, cerca de la frontera entre Alemania y Austria, durante las últimas semanas de la guerra. Allí donde el gran tesoro de los nazis fue almacenado: obras de arte parisinas, robadas en su mayor parte a los coleccionistas judíos y los comerciantes. El patrimonio florentino y napolitano –el mayor premio y tesoro anímico de Hitler–, saqueado de las colecciones de arte y museos más importantes de Europa y oculto en las profundidades de una salina de las minas de trabajo, antes de que cayera en manos aliadas.

Para conocer los pormenores de cómo funcionó la caza del tesoro más grande del siglo pasado, ha nacido este libro. Didáctico, ameno y ejemplarizante. Y, como suele ocurrir, la realidad supera la ficción. Hay escritores incatalogables porque suponen un género en sí mismos. Y en esta categoría se adscribe Edsel, el empresario petrolífero que un buen día decidió consagró su vida a la divulgación del legado de las personas dedicadas a la sección de las «Monuments Men». A través de las experiencias personales de estos hombres y mujeres, el autor dibuja un panorama amplio de sus hazañas en pro del arte como la parte visible de lo más sublime del ser humano y su postura ante el caos. ¿Acaso la única forma de combatir la barbarie? Su narrativa no huye, observa su tiempo y convierte las preocupaciones actuales en material de análisis, estudio y memoria. Porque las personas cuyos testimonios recoge dieron nombre a nuestro presente y dibujan una lista tan nutritiva como disfuncional, pero siempre heroica.

La batalla del bien y el mal
Así comprobamos cómo en estas páginas, el lenguaje se convierte en una instancia fría, contenida, por momentos incluso forense, para acercarnos con rigor a la verdad de los hechos. Pese a todo, acuña párrafos escritos con infinita esperanza, aunque no sabemos si lo serán para nosotros, o para las generaciones venideras. Si la frase de Edmund Burke –«Todo lo que se necesita para que triunfe el mal es que las personas de bien no hagan nada»–, nace de la certeza, nunca fue más cierta que en esta ocasión. Ellos lo hicieron. Son los mismos que dieron su vida por cada  efigie,  cuadro y objeto que era un gran tesoro. Piezas que se habían hecho desde la genialidad, la perversión, el dolor, la denuncia o la constatación de la historia. Arte que, en su afán de exponer, narrar y cuestionar,  encontramos una parte de nuestro pequeño espacio en el universo.

Ángeles LÓPEZ

Algunos se preguntan por la supervivencia de las grandes obras de arte de nuestra cultura tras  la Segunda Guerra Mundial, la más destructiva que ha habido. Por eso es legítimo conocer que de 1943 a 1951, aproximadamente 350 personas de trece naciones aliadas desempeñaron la anónima función de convertirse en «hombres y mujeres de los monumentos». Fueron los custodios de las Bellas Artes y Archivos de la sección (MFAA) de las fuerzas armadas aliadas. Quienes velaron por el  patrimonio de Occidente anteponiendo sus vidas. Se convirtieron en ojos, oídos y brazos del proyecto cultural de «preservación» más ambicioso de la Historia después de todos los expolios y por encima de cualquier conspiranoia bélica.

Hombres de negro
Han pasado –anónimamente, hasta hoy– a los anales de la historia simplemente como «hombres de los monumento»; meros «hombres de negro» de nuestra cultura y patrimonio, pero justo es recordar también que, durante el fragor de los combates en el viejo continente –desde el De-sembarco de Normandía hasta que Alemania levantó los brazos en señal de rendición–, de aquel centenar que seres que se multiplicaban por tres sólo quedan unos pocos «resistentes del amor al arte». Ellos, durante el duro paso del Rubicón, decisivo para emprender el gran riesgo, en el fragor del hambre, la geopolítica y las bombas, cubrieron miles de kilómetros cuadrados para preservar cientos de edificios dañados y localizar antes que los nazis millones de artículos culturales para legarlos a generaciones venideras. Esta es la historia «anónima» de los luchadores de nuestra herencia artística y de nuestra cultura, y –posiblemente– quienes reescribieron nuestra sangrienta historia.

 Aquellos que antepusieron su vida por la ética, la estética y el legado. O, cuando menos, una decena de «vigías» victoriosos alertas y valientes. Los mismos que construyeron sus propios mapas del tesoro a tenor de su saber, quienes revisaron los diarios de los conservadores del Lou-vre, aquellos que esquivaron saqueos o registros de catedrales, evitaron bombardeos y espiaron conversaciones para eludir nuevos expolios artísticos. Ellos. Los que comenzaron moviéndose en diferentes direcciones, pero terminaron la partida en el mismo lugar y al mismo tiempo: en los Alpes, cerca de la frontera entre Alemania y Austria, durante las últimas semanas de la guerra. Allí donde el gran tesoro de los nazis fue almacenado: obras de arte parisinas, robadas en su mayor parte a los coleccionistas judíos y los comerciantes. El patrimonio florentino y napolitano –el mayor premio y tesoro anímico de Hitler–, saqueado de las colecciones de arte y museos más importantes de Europa y oculto en las profundidades de una salina de las minas de trabajo, antes de que cayera en manos aliadas.

Para conocer los pormenores de cómo funcionó la caza del tesoro más grande del siglo pasado, ha nacido este libro. Didáctico, ameno y ejemplarizante. Y, como suele ocurrir, la realidad supera la ficción. Hay escritores incatalogables porque suponen un género en sí mismos. Y en esta categoría se adscribe Edsel, el empresario petrolífero que un buen día decidió consagró su vida a la divulgación del legado de las personas dedicadas a la sección de las «Monuments Men». A través de las experiencias personales de estos hombres y mujeres, el autor dibuja un panorama amplio de sus hazañas en pro del arte como la parte visible de lo más sublime del ser humano y su postura ante el caos. ¿Acaso la única forma de combatir la barbarie? Su narrativa no huye, observa su tiempo y convierte las preocupaciones actuales en material de análisis, estudio y memoria. Porque las personas cuyos testimonios recoge dieron nombre a nuestro presente y dibujan una lista tan nutritiva como disfuncional, pero siempre heroica.

La batalla del bien y el mal
Así comprobamos cómo en estas páginas, el lenguaje se convierte en una instancia fría, contenida, por momentos incluso forense, para acercarnos con rigor a la verdad de los hechos. Pese a todo, acuña párrafos escritos con infinita esperanza, aunque no sabemos si lo serán para nosotros, o para las generaciones venideras. Si la frase de Edmund Burke –«Todo lo que se necesita para que triunfe el mal es que las personas de bien no hagan nada»–, nace de la certeza, nunca fue más cierta que en esta ocasión. Ellos lo hicieron. Son los mismos que dieron su vida por cada  efigie,  cuadro y objeto que era un gran tesoro. Piezas que se habían hecho desde la genialidad, la perversión, el dolor, la denuncia o la constatación de la historia. Arte que, en su afán de exponer, narrar y cuestionar,  encontramos una parte de nuestro pequeño espacio en el universo.

 

Fuente: La Razón

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