La Asociación Cultural Le Rumeur nace con el propósito de promocionar y difundir las actividades culturales del Valle del Guadiato y en particular las de la Ciudad de Peñarroya-Pueblonuevo, así como ser parte activa en todo el ámbito Cultural de la Comarca
RELOJ MUNDIAL
FRASES Y CITAS
AGENDA CULTURAL
EL MUSEO GEOLÓGICO MINERO DE PEÑARROYA-PUEBLONUEVO CELEBRA EL DÍA INTERNACIONAL DEL MUSEO
18 de mayo de 2012
10:00/14:00. Visita-Taller y Conferencia: Huellas de la minería en Peñarroya-Pueblonuevo.
Participantes: Alumnado del I.E.S. Florencio Pintado (Peñarroya-Pueblonuevo) y del I.E.S. Padre Juan Ruiz (Hinojosa del Duque).
19:00. Conferencia de la Pieza del Mes: Lamna obliqua (Diente fósil de tiburón).
Coordinador y ponente: Miguel Calderón. Profesor de Biología y Geología. Director del Museo Geológico Minero.
Acceso gratuito: Días 17, 18 y 19 de mayo.
Más información: 957570986.
ROMERIA DE POSADILLA - NAVALCUERVO
ROMERIA DE LA CARDENCHOSA-LOS MORENOS
FIESTA DE LA CRUZ EN LOS PANCH
Para acceso a información detallada sobre cada romería pulsar sobre el enlace
CONVOCATORIAS, CURSOS Y EXPOSICIONES
Exposión "Habana Miradas y Palabras". Autor: Manuel Muñoz y Rodolfo Martinez. Lugar: Patio del Ayuntamiento. Peñarroya-Pueblonuevo Horario: De 9 a 14 horas Fecha: del 15 al 30 de mayo de 2012.
NOVEDADES
Carlos Fuentes Macías (Panamá, 11 de noviembre de 1928 - México, 15 de mayo de 2012) fue uno de los escritores más conocidos de finales del siglo XX, autor de novelas y ensayos, entre los que destacan Aura, La muerte de Artemio Cruz, La región más transparente y Terra Nostra. Ha recibido, entre otros, el Premio Rómulo Gallegos en 1977, el Cervantes en 1987, el premio Príncipe de Asturias en 1994 y en 2009 la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Fue nombrado miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua en agosto de 2001
La muñeca reina
Carlos Fuentes
I
Vine porque aquella tarjeta, tan curiosa, me hizo recordar su existencia. La encontré en un libro olvidado cuyas páginas habían reproducido un espectro de la caligrafía infantil. Estaba acomodando, después de mucho tiempo de no hacerlo, mis libros. Iba de sorpresa en sorpresa, pues algunos, colocados en las estanterías más altas, no fueron leídos durante mucho tiempo. Tanto, que el filo de las hojas se había granulado, de manera que sobre mis palmas abiertas cayó una mezcla de polvo de oro y escama grisácea, evocadora del barniz que cubre ciertos cuerpos entrevistos primero en los sueños y después en la decepcionante realidad de la primera función de ballet a la que somos conducidos. Era un libro de mi infancia -acaso de la de muchos niños- y relataba una serie de historias ejemplares más o menos truculentas que poseían la virtud de arrojarnos sobre las rodillas de nuestros mayores para preguntarles, una y otra vez, ¿por qué? Los hijos que son desagradecidos con sus padres, las mozas que son raptadas por caballerangos y regresan avergonzadas a la casa, así como las que de buen grado abandonan el hogar, los viejos que a cambio de una hipoteca vencida exigen la mano de la muchacha más dulce y adolorida de la familia amenazada, ¿por qué? No recuerdo las respuestas. Sólo sé que de entre las páginas manchadas cayó, revoloteando, una tarjeta blanca con la letra atroz de Amilamia: Amilamia no olbida a su amigito y me buscas aquí como te lo divujo.
Y detrás estaba ese plano de un sendero que partía de la X que debía indicar, sin duda, la banca del parque donde yo, adolescente rebelde a la educación prescrita y tediosa, me olvidaba de los horarios de clase y pasaba varias horas leyendo libros que, si no fueron escritos por mí, me lo parecían: ¿cómo iba a dudar que sólo de mi imaginación podían surgir todos esos corsarios, todos esos correos del zar, todos esos muchachos, un poco más jóvenes que yo, que bogaban el día entero sobre una barcaza a lo largo de los grandes ríos americanos? Prendido al brazo de la banca como a un arzón milagroso, al principio no escuché los pasos ligeros que, después de correr sobre la grava del jardín, se detenían a mis espaldas. Era Amilamia y no supe cuánto tiempo me habría acompañado en silencio si su espíritu travieso, cierta tarde, no hubiese optado por hacerme cosquillas en la oreja con los vilanos de un amargón que la niña soplaba hacia mí con los labios hinchados y el ceño fruncido.
Preguntó mi nombre y después de considerarlo con el rostro muy serio, me dijo el suyo con una sonrisa, si no cándida, tampoco demasiado ensayada. Pronto me di cuenta que Amilamia había encontrado, por así decirlo, un punto intermedio de expresión entre la ingenuidad de sus años y las formas de mímica adulta que los niños bien educados deben conocer, sobre todo para los momentos solemnes de la presentación y la despedida. La gravedad de Amilamia, más bien, era un don de su naturaleza, al grado de que sus momentos de espontaneidad, en contraste, parecían aprendidos. Quiero recordarla, una tarde y otra, en una sucesión de imágenes fijas que acaban por sumar a Amilamia entera. Y no deja de sorprenderme que no pueda pensar en ella como realmente fue, o como en verdad se movía, ligera, interrogante, mirando de un lado a otro sin cesar. Debo recordarla detenida para siempre, como en un álbum. Amilamia a lo lejos, un punto en el lugar donde la loma caía, desde un lago de tréboles, hacia el prado llano donde yo leía sentado sobre la banca: un punto de sombra y sol fluyentes y una mano que me saludaba desde allá arriba. Amilamia detenida en su carrera loma abajo, con la falda blanca esponjada y los calzones de florecillas apretados con ligas alrededor de los muslos, con la boca abierta y los ojos entrecerrados porque la carrera agitaba el aire y la niña lloraba de gusto. Amilamia sentada bajo los eucaliptos, fingiendo un llanto para que yo me acercara a ella. Amilamia boca abajo con una flor entre las manos: los pétalos de un amento que, descubrí más tarde, no crecía en este jardín, sino en otra parte, quizás en el jardín de la casa de Amilamia, pues la única bolsa de su delantal de cuadros azules venía a menudo llena de esas flores blancas. Amilamia viéndome leer, detenida con ambas manos a los barrotes de la banca verde, inquiriendo con los ojos grises: recuerdo que nunca me preguntó qué cosa leía, como si pudiese adivinar en mis ojos las imágenes nacidas de las páginas. Amilamia riendo con placer cuando yo la levantaba del talle y la hacía girar sobre mi cabeza y ella parecía descubrir otra perspectiva del mundo en ese vuelo lento. Amilamia dándome la espalda y despidiéndose con el brazo en alto y los dedos alborotados. Y Amilamia en las mil posturas que adoptaba alrededor de mi banca: colgada de cabeza, con las piernas al aire y los calzones abombados; sentada sobre la grava, con las piernas cruzadas y la barbilla apoyada en el mentón; recostada sobre el pasto, exhibiendo el ombligo al sol; tejiendo ramas de los árboles, dibujando animales en el lodo con una vara, lamiendo los barrotes de la banca, escondida bajo el asiento, quebrando sin hablar las cortezas sueltas de los troncos añosos, mirando fijamente el horizonte más allá de la colina, canturreando con los ojos cerrados, imitando las voces de pájaros, perros, gatos, gallinas, caballos. Todo para mí, y sin embargo, nada. Era su manera de estar conmigo, todo esto que recuerdo, pero también su manera de estar a solas en el parque. Sí; quizás la recuerdo fragmentariamente porque mi lectura alternaba con la contemplación de la niña mofletuda, de cabello liso y cambiante con los reflejos de la luz: ora pajizo, ora de un castaño quemado. Y sólo hoy pienso que Amilamia, en ese momento, establecía el otro punto de apoyo para mi vida, el que creaba la tensión entre mi propia infancia irresuelta y el mundo abierto, la tierra prometida que empezaba a ser mía en la lectura.
Creemos, amor mío, que aquellos paisajes
se quedaron dormidos o muertos con nosotros
en la edad, en el día en que los habitamos;
que los árboles pierden la memoria
y las noches se van, dando al olvido
lo que las hizo hermosas y tal vez inmortales.
Pero basta el más leve palpitar de una hoja,
una estrella borrada que respira de pronto
para vernos los mismos alegres que llenamos
los lugares que juntos nos tuvieron.
Y así despiertas hoy, mi amor, a mi costado,
entre los groselleros y las fresas ocultas
al amparo del firme corazón de los bosques.
Allí está la caricia mojada de rocío,
las briznas delicadas que refrescan tu lecho,
los silfos encantados de ornar tu cabellera
y las altas ardillas misteriosas que llueven
sobre tu sueño el verde menudo de las ramas.
Sé feliz, hoja, siempre: nunca tengas otoño,
hoja que me has traído
con tu temblor pequeño
el aroma de tanta ciega edad luminosa.
Y tú, mínima estrella perdida que me abres
las íntimas ventanas de mis noches más jóvenes,
nunca cierres tu lumbre
sobre tantas alcobas que al alba nos durmieron
y aquella biblioteca con la luna
y los libros aquellos dulcemente caídos
y los montes afuera desvelados cantándonos
Rafael Alberti
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Publicado por carmenlobo
GONZALO DE PEDRO | Publicado el 11/05/2012
La selección del Festival de Cannes tiene algo de mensaje cifrado: año tras año, cuando su director,
Thierry Frémaux, anuncia orgulloso los títulos elegidos, todos los medios, cronistas y críticos nos lanzamos a encontrar la piedra Rosetta que permita desentrañar sus mensajes ocultos:
tendencias, líneas de programación, políticas, ausencias, sorpresas o apuestas. Esfuerzo muchas veces vano, pues si hay un festival en el mundo que puede permitirse el lujo de acumular películas,
en lugar de programarlas, es precisamente Cannes: mientras el resto de festivales intentan desentrañar las líneas de fondo del cine contemporáneo, Cannes sencillamente las inventa, y lo
que ellos eligen queda consagrado como tendencia.
Esta primavera, con las flores, el polen o las alergias, llegó la agitación propia de los días previos al anuncio de la sección oficial: rumores, hipótesis y este año la histeria, cuando
un blog francés anunció una lista supuestamente filtrada, por un error informático, en la web oficial del festival. La broma alcanzó tales dimensiones que el propio
Frémaux tuvo que salir a atajar la marejada con un rotundo y pretencioso: “La selección está solo en mi cabeza”.
Una selección que viene marcada por lo que parece una política de contención de riesgos: muchos nombres conocidos, habituales del festival y, a primera vista, pocas apuestas en sección
oficial. Así, Ken Loach, Michael Haneke, Cristian Mungiu o Abbas Kiarostami, los cuatro galardonados en anteriores ediciones con la Palma de Oro, competirán de nuevo por
el gran premio, y otros seis realizadores que también formaron parte del palmarés en el pasado presentarán sus nuevos trabajos: Mateo Garrone, Thomas Vinterberg, Carlos Reygadas, Alain
Resnais, David Cronenberg y Jacques Audiard. De las veintitrés películas en sección oficial, incluyendo las de inauguración y clausura, que no compiten, diecisiete vienen firmadas por
realizadores que ya pasaron por el festival. Un generosísimo 74% de viejos conocidos que deja para la sección paralela Un Certain Regard la tarea de apostar por nuevos autores de
circuitos minoritarios, tradicionalmente una de las grandes virtudes de Cannes: con su enorme altavoz color rojo alfombra, convierte en espectáculo lo que antes era rumor, en vox
pópuli lo que antes era underground.
En cualquier caso, en la Croisete la fiesta está siempre asegurada, como lo están también las sorpresas, y de entre la nómina de seleccionados hay unos cuantos títulos que destacan: aquellos que
los cronistas perezosos, abrazando el tópico, dirán que parten como favoritos para la Palma de Oro. Por edad, el primero es Alain Resnais, que vuelve con un título que es todo un
autohomenaje: Vous n'avez encore rien vu, eco de la frase que repetía el protagonista de Hiroshima, mon amour (1959). El viejo cineasta de la Rive Gauche ya dio en 2009
una lección de audacia con Les Herbes folles, y es de esperar que continúe su carrera hacia el libertinaje total. Michael Haneke, definitivamente afrancesado tras ganar la Palma
de Oro con la hiper-diseñada La cinta blanca (2009), vuelve con Amour, una película que parece pensada para gustar a la hinchada francófona, con Isabelle Huppert y
Jean-Louis Trintignant como protagonistas. Pero hay más: Abbas Kiarostami, que estrenará su película rodada en Japón, Like Someone in Love, o Cristian Mungiu, cabeza visible del
nuevo cine rumano que Cannes ayudó a consolidar (si no a inventar), estrena Dupa dealuri (Beyond the Hills), son otros nombres que forman esa mezcla que Cannes prepara tan bien
entre cine de autor y espectáculo mediático.
Junto a ellos, una variada representación de lo que queda del viejo concepto de cine de autor: el genial estajanovista Hong Sang-soo, que continúa con su proyecto de diario
ficcionado de la mediana burguesía surcoreana, con In Another Country, también protagonizada por la Huppert; Andrew Dominik, que se estrena en Cannes con Killing Them Softly, o
Apichatpong Weerasethakul, ganador de la Palma de Oro más justa de los últimos años, y que presentará, inexplicablemente fuera de competición, su película Mekong
Hotel.
El año en que Frémaux dijo que el cine argentino “se había suicidado”, ha sido el año en que Latinoamérica se ha consolidado como una de las apuestas del festival: el mexicano
Carlos Reygadas (Post Tenebras Lux) y el brasileño Walter Salles (On the Road), son los representantes en sección oficial, a los que le
acompañan en Un Certain Regard el argentino Pablo Trapero, con Elefante blanco, el colombiano Juan A. Arango con La playa DC y el mexicano
Michel Franco con Después de Lucía. El argentino Gonzalo Tobal, que presentará Villegas en una sesión especial, y todos los representantes
latinoamericanos en la Quincena de Realizadores y Semana de la Crítica, forman una edición con un ojo muy bien puesto en lo que ocurre en el continente suramericano. Porque aunque la prensa
tienda a olvidarlo, Cannes no es solo aquello que se proyecta en el Palais des Festivals, y junto a las dos secciones oficiales, la Quincena de Realizadores y la Semana de la Crítica componen un
menú inabarcable.
La Quincena, que estrenará el filme póstumo de Raúl Ruiz, La noche de enfrente, o lo último de Michel Gondry, The We and the I, se enfrenta a
una nueva etapa con un director que deberá recuperar el prestigio que Olivier Père logró entre 2004 y 2009, y que Frédéric Boyer dilapidó en dos penosas ediciones. La Semana, que
gana prestigio año tras año, es siempre una incógnita, y lo único seguro son los cortometrajes a cargo de Tsai Ming-Liang y João Pedro Rodrigues.
Fuente: El Cultural
Existe una fotografía del escritor argentino Antonio Di Benedetto descamisado, que muy delgado posa junto a una reproducción de un retrato de Dostoiveski, ese en el que novelista ruso parece perder la mirada. La imagen posee una extraña trascendencia, quizá la que surge del lazo entre dos escritores de diferentes épocas, unidos no solo por la experiencia de la cárcel —el autor de Zama, durante la dictadura argentina, y Dostoiveski cuando fue enviado a Siberia por el zar Nicolás I— sino por encontrar en el pozo del cautiverio la luz de la creación. El libro Proust contra la decadencia. Conferencias en el campo de Griazowietz, del polaco Józef Czapski (1896-1993), recién publicado por Siruela en una edición a cargo de Mauro Armiño, devuelve a la actualidad este viejo misterio: el del hombre preso salvado por el arte o por la toma de conciencia de su propia trascendencia frente al infierno.
Czapski pronunció sus conferencias sobre Proust en el invierno entre 1940 y 1941, “en un frío refectorio de un convento desafectado que servía de comedor de nuestro campo de prisioneros en Griazowietz”. De memoria, sin libros, los recuerdos de la obra de Proust se convirtieron en el paisaje que le empujó a sobrevivir. Escribe Czapski: “Sigue resultándonos incomprensible por qué precisamente nosotros, 400 oficiales y soldados, nos salvamos de 15.000 camaradas que desaparecieron sin dejar rastro, en alguna parte por debajo del círculo polar y en los confines de Siberia [se refiere a la matanza de Katyn]. Sobre este fondo lúgubre, aquellas horas pasadas con recuerdos sobre Proust y Delacroix me parecen las horas más felices. Este ensayo no es más que un humilde tributo de reconocimiento hacia el arte francés, que nos ayudó a vivir durante esos pocos años en la URSS”.
“Czapski fue detenido por los soviéticos poco después de empezar la Segunda Guerra Mundial. No se fiaban de los polacos y los mandaban a campos de concentración”, explica Armiño. “Allí, el que sabía algo se lo enseñaba a los demás. Sobre todo los militares polacos, que venían de familias nobles y eran muy cultos. Arquitectos, médicos… Se daban conferencias unos a otros para luchar contra el aburrimiento y la depresión. Lo más importante para Czapski fue tener tan buena memoria”. “Su historia”, añade Armiño, “nos da cuenta de la dimensión salvadora de la literatura”.
Como Jorge Semprún leyendo y releyendo a Paul Valéry en Buchenwald. Como Primo Levi, en una inmunda barraca de Auschwitz, recitando al pikolo de su kommando el Canto del Ulises de La divina Comedia, o como la profesora Tatiana Gnedich, encarcelada sin libros y sin luz en un gulag de Siberia, repitiendo sin descanso los 30.000 versos del Don Juan de Byron. El crítico y ensayista George Steiner suele utilizar esta última historia para ilustrar el milagroso poder de la mente humana. Gracias a su prodigiosa memoria, Gnedich se sabía el poema palabra por palabra y gracias a también a esa memoria pasó el cautiverio dedicada a traducir al ruso el poema. Cuando salió de la cárcel, ciega, dictó su traducción que hoy está considera cómo la más hermosa y precisa que existe en ruso de Byron. “Un ser humano así es intocable”, ha dicho Steiner, quien en La barbarie de la ignorancia (Taller de Mario Muchnik), escribe: “La poesía puede salvar al hombre. Hasta en lo imposible”.
Lo cree también el poeta español Marcos Ana, preso en las cárceles franquistas durante 23 años. Ana recuerda desde su casa de Madrid cómo empezó a escribir en prisión: “Fue en una celda de castigo, entré por cien días. Los compañeros me pasaron unas hojas de Canto general, de Neruda, y otras de Rafael Alberti. Vi subir en mí una melodía que me empujaba a escribir pese a desconocer la carpintería de un poema. La poesía fue mi manera de luchar por mi libertad y la de mis compañeros. Me ayudó a mí y a los demás, mis poemas pasaban de mano en mano”. El poeta reconoce que, años después, ya en libertad, esa necesidad se apaciguó: “Me ha costado escribir desde que salí. Recuerdo que le conté a Neruda mis historias más tristes y las más hermosas. Él me dijo que las tenía que escribir pero yo le dije que ya no me podía detener en eso. Y era verdad. Vivir se volvió entonces más importante que escribir”.
“En los campos el mero hecho de tomar notas era un riesgo”, recuerda el ensayista Reyes Mate. “Aún así tenemos obras que fueron productos del campo. Los diarios y cartas de la judía holandesa Etty Hillesum, El corazón pensante de los barracones, que comenzó un diario a modo de ejercicio literario y acabó en una escritura de una altura mística sorprendente. O Zalmen Gradowski, un sonderkommando autor de En el corazón del infierno, que dejó oculto entre las paredes de un horno crematorio unos papeles que le sobrevivieron. Pensó que las generaciones posteriores podrían llegar a saber cómo se moría en el lager, pero no cómo se vivía. Uno y otro no sobrevivieron a su escritura y murieron en Auschwitz. Hillesum pudo escribir mientras estuvo en un campo de concentración de Westerboork, pero su escritura cesa cuando es internada en el campo de exterminio. Gradowski sí escribió, clandestinamente, en el campo de exterminio. Es decir: hubo poesía en Auschwitz”.
Fue en Siberia donde Dostoiveski, condenado a trabajos forzados, se refugió en la filosofía. El ensayo Dostoiveski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar (Galaxia Gutenberg), de László Földényi, narra cómo el autor de Crimen y castigo descubrió allí con profundo dolor cómo para Hegel Siberia no formaba parte del mapa de la historia. Ese sentimiento de expulsión y absoluto abandono llevó al ruso a tocar fondo. Desde ahí, según él, y en sus horas más atroces, alcanzó la verdad que le salvó.
Ya lo dijo Albert Camus en El hombre rebelde a propósito de otro ilustre preso, el Marqués de Sade: “En el fondo de las prisiones, el sueño no tiene límites y la realidad no frena nada. La inteligencia encadenada pierde en lucidez pero gana en furor”.
Fuente: El País
“Martha Marcy May Marlene”: La soledad acompañada
Sean Durkin nos mete el miedo en el cuerpo con una película inquietantemente bien filmada, presidida por una Elizabeth Olsen que abarrota de capas emocionales un personaje destruido anímicamente desde su necesidad de pertenecer a un grupo.
Martha (Elizabeth Olsen) tiene dos familias. Y varios nombres. Sean Durkin debuta en el largo con “Martha Marcy May Marlene” (ver tráiler), propuesta cien por cien indie en fondo y forma ─aunque técnicamente es un poco más estándar de lo habitual en estos casos─ que se hizo con el premio al Mejor Director en Sundance, entre otros halagos principalmente provenientes de asociaciones de críticos americanas. Una vez vista y sufrida/disfrutada, la verdad es que también podría haber rascado perfectamente alguna nominación en la última edición de las estatuillas doradas. Pero bueno, todo no va a ser; sea como fuere, un fantástico ejercicio artístico, un drama hipnótico con los mecanismos de la mente, el dolor y la soledad como motores impulsores.
«Sé que lo vives como si hubiese pasado algo malo. Pero no lo ha sido». Turbadora, incómoda, espesa, la película presenta una perfecta conjunción natural entre lo que propone el libreto, también firmado por Durkin, y el trabajo tras las cámaras. Porque si la historia es de por sí soberanamente inquietante en la presentación de una figura central destruida anímica, física y emocionalmente, necesitada de pertenecer a un grupo ─como todos, en mayor o menor medida─, el realizador borda el uso que hace del objetivo, con sus juegos con el campo, con la profundidad, con los enfoques y desenfoques, salpicado todo de lentísimos zooms que aportan una nota de potenciación terrorífica a una narrativa lenta, consciente, punzante e inteligentemente intercalada de flashbacks escalofriantes.
Sin apenas acompañamiento musical ─que sí sonoro, en una edición que a veces incluso se come las conversaciones─, con una gran fotografía –sin esos granos excesivos que tantas veces saturan este tipo de producciones─ y un montaje cortante y descarnado, “Martha Marcy May Marlene” eleva definitivamente su consideración general gracias a una magnífica Elizabeth Olsen, que abarrota de capas su personaje, eje absoluto de todo el conjunto, desde un apabullante equilibrio emocional que infesta de miedo, desasosiego, emoción, candor y paranoia una obra circular y sin epílogo aparente, ajena a cualquier felicidad definitiva. Y nos rendimos ante la capacidad de John Hawkes para meternos el miedo en el cuerpo. Muy, muy bien.
Fuente: La Butaca